Recitando poemas

Anda en estos días mi hija estudiando algunos poemas que le han encomendado recitar en clase. Cuando me lo dijo me llevé una grata sorpresa, pues daba por hecho que las modernas técnicas pedagógicas habían anatemizado tales ejercicios nemotécnicos; e, inevitablemente, rememoré aquellos días en que, a una edad parecida a la suya, empecé yo también a aprender algunos poemas de memoria Poemas que me han acompañado siempre, como compañeros del alma, y que todavía acuden a mis labios, en las vicisitudes más diversas, como acuden los suspiros o las risas, con una espontaneidad que parece brotada de los propios genes y no de una lección bien aprendida.

Creo que era Mallarmé quien afirmaba que la misión del poeta era restituir o dar un sentido más puro a las palabras de la tribu . Y eso es lo que uno siente cuando se tropieza con un poema memorable. siente que esas palabras le pertenecen, de un modo misterioso y ancestral; siente que tales palabras habían permanecido agazapadas en alguna cámara secreta de su vida espiritual y que el poeta no ha hecho sino despertarlas y ponerlas en pie, para que cobren una vida plena. Recitar un poema se convierte, de este modo, en algo que nada tiene que ver con un ejercicio nemotécnico. Es como dar voz a sentimientos dormidos que pugnaban por encontrar su cauce natural de salida. los versos enuncian una verdad que había permanecido sepultada hasta entonces; y, al recitarlos, algo se remueve dentro de nosotros. Son un agua a la vez lustral y motriz. nos lavan por dentro y, a la vez, ponen en movimiento turbinas de escondida energía que iluminan nuestra casa interior, ayudándonos a reconocer aposentos que hasta entonces creíamos tapiados o inhóspitos. Lo que nos encontramos en tales aposentos no siempre nos gusta. a veces son anhelos de una vida más plena que nos hace odiar la vida de rutinas y envilecimientos que arrastramos; a veces son temores, zozobras, frustraciones que hasta entonces solo habíamos experimentado de modo inconcreto y que, al conjuro de los versos, cobran una nitidez amedrentadora. Pero incluso entonces sentimos que el poema ha ensanchado las costuras del encorsetado traje que vestíamos; sentimos que respiramos a pleno pulmón, allá donde antes respirábamos entre síntomas de asfixia.

Luego, poco a poco, el poema se funde con nuestra propia sangre. las palabras que al principio recitábamos con atolondramiento o extrañeza, como resistiéndonos a decir lo que hasta entonces habíamos ocultado, nos instilan su ritmo, su música callada, su palpitación trémula; y pronto tales palabras se convierten en algo tan natural como los latidos de nuestro corazón. Un idioma no es tan solo un conjunto más o menos vasto de palabras organizadas según tales o cuales reglas gramaticales o sintácticas; un idioma cuando es propio es una función fisiológica que determina nuestro modo de ser y estar en el mundo, porque las palabras no son tan solo instrumentos para designar las cosas, sino células que nos constituyen. Y el poema que hemos aprendido de memoria cobra entonces vida dentro de nosotros. Poco a poco, vamos descubriendo que lo podemos recitar de muy diversos modos. podemos recitarlo con recatada pesadumbre; podemos recitarlo con vehemencia y exultación; podemos recitarlo con herida melancolía; y también con ardorosa ira. Un mismo poema, puesto en nuestros labios, puede ser una súplica y una alabanza, una caricia y un zarpazo, puede ser radiante como el sol y negro como el betún, sin cambiar ni un ápice sus palabras, porque esas palabras, que son siempre las mismas, pueden significar cosas muy diversas. en esas palabras está nuestra alma; pero en nuestra alma siempre suena una música distinta. Todos hemos advertido que un mismo poema, recitado sucesivamente por dos personas distintas, suena renovado; pero resulta todavía más admirable comprobar que un mismo poema, recitado por la misma persona en momentos sucesivos, suena más renovado aún. Porque cada uno de nosotros somos eternamente nuevos; y solo las palabras con las que están entretejidos los grandes poemas son capaces de registrar esa eterna, incesante novedad.

Mientras recito con mi hija poemas que yo también aprendí en la remota infancia, descubro que a través de esas palabras aventadas estamos haciéndonos las confidencias más sinceras y difíciles; estamos entablando un coloquio de almas que se deciden a abrir las puertas de su casa y descubren que el gozo de la hospitalidad no termina nunca.