¿El sistema electoral proporcional alienta la corrupción?

Pablo Rodríguez Bazán, Correo electrónico

Hace casi 30 años publiqué el libro La España impertinente, en el que clamaba por una reforma a fondo del sistema electoral. ¿Por qué olvidan todos los que hoy protestan contra la corrupción que esa corrupción se explica, precisamente, por nuestro sistema electoral?

Recuerdo muy bien los gestos, las palabras y los argumentos de los políticos que protagonizaron la Transición a la democracia. Se eligió el sistema proporcional porque cualquier otro habría dejado fuera del Congreso a representantes de fuerzas minoritarias, a quienes nadie había consultado durante la dictadura franquista.

Se aplazó la verdadera reforma porque no había, en verdad, partidos políticos después de 40 años de dictadura y era evidente que había que darles, de momento, todo el poder necesario para fortalecerlos; incluido, y sobre todo, el de nombrar, en lugar de los ciudadanos, a sus representantes en el Congreso.

Tengo la edad suficiente para haber sido testigo de que la gran mayoría de los políticos aceptaron esa dejación solo condicionada a un plazo razonable. Una vez se hubiera consolidado el sistema democrático se podría volver, se debería volver, a dar al pueblo el poder político que se le había usurpado. Los años pasaron sin que nadie recordara lo prometido, salvo algunos testigos.

¿Por qué ha sido esa reforma la fuente inevitable de la corrupción, frente a la que todo el pueblo ha dicho basta? Porque la gente ha seguido sin elegir a sus propios representantes; porque concedió un poder sobredimensionado a las oligarquías de los partidos, porque afectaba a la esencia misma del mercado político y alejaba irremediablemente a los ciudadanos del ejercicio real de la democracia a la hora de elegir a sus representantes.

Ningún sistema electoral está a salvo de las distorsiones provocadas por los abusos de poder cometidos por los líderes sin escrúpulos o los aparatos de los partidos excesivamente empeñados en la supervivencia de las propias burocracias internas. Ahora bien, el sistema electoral que mejor se adaptaría a las circunstancias específicas de la historia reciente de España sería un modelo de elección proporcional personalizada, similar al que existe en Alemania.

Ese sistema combina el principio decisorio de la elección mayoritaria con el modelo representativo de la elección proporcional. Cada elector dispone de dos votos. uno para la elección directa de un escaño en las circunscripciones por mayoría relativa, y un segundo para votar por una lista cerrada y bloqueada de partido a escala nacional.

Así se daría en España justa satisfacción a las ansias hoy todavía no satisfechas de los españoles de poder elegir a sus representantes en lugar de a unas siglas de partido; y a estos, el sistema les permitiría reforzar las débiles estructuras heredadas de la etapa anterior mediante la utilización de listas cerradas y bloqueadas.

El sistema contaría entonces con un elemento de concurrencia entre los comportamientos vinculados al atractivo y valía personal, por una parte, y la defensa, igualmente necesaria, del poder de los partidos políticos, por otra.

Se abriría un esquema que actualmente está cerrado sobre sí mismo, se rompería el monopolio político ejercido por las burocracias internas de los partidos; los ciudadanos recuperarían el derecho, al que jamás debieran haber renunciado, de ser ellos mismos y no las cúpulas de los partidos políticos exclusivamente quienes eligieran a sus representantes.

¿Les puedo desvelar a mis lectores un secreto? Todo lo anterior está copiado, palabra por palabra, de una reivindicación escrita hace casi treinta años en La España impertinente, de Eduardo Punset. Por favor, que alguien me explique por qué se han dejado transcurrir tres décadas sin hacer nada, cuando estaba claro que habíamos aprobado un sistema con la condición de que fuera solo por un tiempo. Todos sabíamos que, de seguir así, la corrupción acabaría por corroer todos los soportes democráticos.