Primavera romana

Fue sin duda alguna mi experiencia periodística más luminosa; y también una de mis experiencias vitales más determinantes. En abril de 2005, hace casi ocho años, el diario ABC, que por entonces dirigía Ignacio Camacho a quien nunca estaré suficientemente agradecido, me envió a Roma, con la misión de escribir una crónica diaria, desde la muerte de Juan Pablo II hasta la misa de comienzo del pontificado de su sucesor, Benedicto XVI. Roma, en aquellos días que conmovieron al mundo, estaba invadida de peregrinos venidos de los parajes más remotos del atlas que hacían cola durante horas o días, en la plaza de San Pedro, para honrar el cadáver de Juan Pablo II, que estuvo expuesto en la basílica de San Pedro, antes del funeral que presidiría quien por entonces era prefecto de la congregación para la Doctrina de la Fe y decano del colegio cardenalicio, el cardenal Ratzinger. Aquella misa de despedida, antes de que el cuerpo de Juan Pablo II fuese enterrado en la cripta de la basílica, fue quizá el momento más sobrecogedor y jubiloso de aquella primavera romana. Cientos de miles de peregrinos invadían la plaza de San Pedro, la Via Della Consolazione, alcanzando incluso los puentes sobre el Tíber, cuyos pretiles se habían llenado de velas durante la vigilia de la noche anterior. Hacía una mañana premonitoria de la lluvia, y sobre el ataúd que guardaba los restos de aquel doliente titán de la fe reposaba un Evangelio abierto cuyas hojas el viento empezó a fustigar, traspapelando las citas. La multitud congregada enarbolaba banderas, un bosque de banderas que tapiaba el horizonte; y las peticiones de ¡santo súbito! interrumpían de vez en cuando el sermón de Ratzinger, mientras los aplausos rebotaban sobre la columnata de la plaza, como un aleteo de palomas huérfanas.

Fui muy feliz aquellos días en Roma, adonde llegué sin conocer a nadie, y de donde me traje algunas amistades imperecederas. Entre ellas, la de Giovanni Maria Vian, un profesor de Filología Patrística de la Universidad de la Sapienza, experto en historia del papado, que poco después sería nombrado director de LOsservatore Romano, el diario oficial de la Santa Sede. Vian era un conversador infatigable, un erudito lleno de chispa y rebosante de hospitalidad, que hacía de sus erudiciones una aventura siempre renovada. paseábamos mucho juntos, por calles inundadas de estrépito y de fervor, y cenábamos en restaurantes populares, lejos de la marea incesante de turistas y peregrinos, a los que me llevaba en su coche desvencijado, que conducía con la alegre temeridad de un sabio despistado. Aprendí mucho de él; y todo lo que contaba en mis crónicas estaba tamizado por su visión clarividente de los acontecimientos. él fue quien me dijo que me olvidara de quinielas de ‘papables’ y me centrara en la figura de Ratzinger; él fue mi cicerone en medio del tumulto y la confusión; y a través de él conocí a gentes interesantísimas, entre las que nunca me sentí forastero.

Mis crónicas se contagiaron de una temperatura cordial y exultante que tal vez mi escritura no había tenido nunca antes; y que tal vez no haya tenido después. En ellas no hablaba demasiado de las consabidas intrigas vaticanas, ni hacía lucubraciones sobre el resultado del cónclave, sino que contaba historias de la gente anónima que me tropezaba en las calles, tratando de transmitir al lector la vibración de aquellos días excepcionales. Casi sin pretenderlo, conseguí algunas primicias por las que cualquier enviado especial hubiese matado la más resonante de todas fue una entrevista a Joaquín Navarro-Valls, la única que en aquellos días concedió a la prensa escrita quien a la sazón era portavoz del Vaticano, pero disfruté sobre todo de un periodismo ‘de ambiente’, un periodismo muy conscientemente literario, más atento a capturar la metáfora que la noticia. Y en aquellas semanas las metáforas me brotaban ligeras como gacelas, desveladas como luciérnagas, incandescentes y cándidas como un amor de adolescencia. Creo que fue una de esas ocasiones raras en que un trabajo de encargo se convierte en una forma de plenitud vital; y creo que los lectores de ABC así lo entendieron. todavía hoy, tantos años después de aquello, hay personas que me recuerdan aquellas crónicas, en las que está encerrado como en el ámbar un entusiasmo por el oficio de escribir que me reventaba las costuras del corazón.

Algo de mí se quedó para siempre en aquella primavera romana. Pasarán los años, como cortejos fúnebres, y me bastará rememorar aquellos días para recuperar el alborozo de la juventud.