Cine, pero menos

Me ha hecho gracia ver a Ben Affleck enarbolando el Óscar que lo acredita como triunfador de la temporada cinematográfica. Siempre he profesado una simpatía automática al gremio de los actores guaperas a quienes el gremio de los críticos feotes vilipendia; y hubo un tiempo en que Ben Affleck se llevaba casi todos los denuestos y collejas sobrantes, después de que el gremio de los críticos feotes se hubiese despachado a gusto con Tom Cruise. Así que verlo ahora convertido en cineasta ‘aclamado’ tiene algo de justicia poética muy gratificante. Sin embargo, la película que le ha procurado este reconocimiento, Argo, me parece una película del montón, derivativa del cine de intriga política de los años setenta Sidney Lumet, Alan J. Pakula, Sydney Pollack, etcétera, al que imita descaradamente no solo en su aspecto formal, sino también en sus pujos ‘veristas’ y en la ambigüedad de su ‘mensaje’. Aspectos en los que, por cierto, coincide con la decepcionante y pretenciosa La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, que aunque no estaba lastrada por el mimetismo setentero de Argo resultaba todavía más insatisfactoria y mendaz.

Así y todo, Argo me parecía la menos mala de las películas en liza por los Óscar. Porque entre las nominadas había, en verdad, películas bodriosas, de las que matan la afición por el cine, como la inepta El lado bueno de las cosas, una presunta ‘comedia dramática’ que no funciona ni como comedia ni como drama y cuyo guion parece evacuado por una factoría especializada en telefilmes de sobremesa. Mención aparte merece Django desencadenado, una parodia burda del descerebrado Quentin Tarantino, ese sumo pontífice de la cofradía friqui que ha logrado alcanzar misteriosamente el estatus de ‘niño mimado’ de Hollywood. Y entre las nominadas estaba también Amor, la enésima pajilla del pelmazo Michael Haneke, quien dentro de cincuenta o cien años será estudiado en las facultades de Psiquiatría como exponente de la gangrena moral que corrompía nuestra época.

Comparada con semejante morralla, Argo resulta siquiera una película aseadita, sin delirios de ‘autoría’, que no incurre en merengosidades estomagantes, ni en clasicismos acartonados ni en nihilismos intectualoides; lo que, a la vista del panorama, no es poco. Pero películas como Argo se hacían antaño veinte o treinta por temporada, cuando el cine era cine; y nadie la hubiese ni siquiera considerado a la hora de elegir el título más destacado del año. Hoy, una película como Argo puede ser seriamente encumbrada entre lo mejorcito de la cosecha cinematográfica. ¿A quién puede extrañarle que el llamado ‘séptimo arte’ esté dando las boqueadas?

Podemos consolarnos alegando que el buen cine no siempre (y en esta fase de decrepitud del arte cinematográfico, casi nunca) es el que recibe las bendiciones de Hollywood; y, para probarlo, tenemos joyitas como la Blancanieves de Pablo Berger, que guarda en cualquiera de sus secuencias más cine que todas las birrias que competían en los Óscar. Pero lo cierto es que el cine americano ha sido siempre el cine por antonomasia; y que todas las grandes escuelas cinematográficas ‘alternativas’ que han florecido a lo largo de la historia neorrealismo italiano, nouvelle vague francesa, etcétera han tenido siempre en el cine americano un referente insoslayable, aunque fuera para enmendarle la plana. Hoy, tales escuelas ‘alternativas’ ni siquiera existen; y aunque subsisten, aquí y allá, individualidades descollantes, lo cierto es que la globalización ha contribuido a entronizar un cine transnacional y archisabido, de factura ‘americanoide’, que apenas se distingue del modelo que imita. Que es un modelo cada vez más mustio y languidecente, como prueba la escasa entidad de las películas que este año se disputaban los Óscar.

Y ocurre esto en un momento en el que a la gente le cuesta cada vez más rascarse el bolsillo para ir al cine (y, desde luego, para ir al cine en esta España demolida por la crisis hay que rascárselo hasta levantar ronchas en la economía familiar) y en que la piratería causa estragos por doquier. Quizá, sin darnos cuenta, el cine se está convirtiendo en una forma de arte moribunda; y no esté lejano el día en que vayamos al cine como hoy la gente va a la ópera, en un ejercicio de arqueología cultural o relumbrón social. Seguramente, el mundo no se acabe si así sucede; pero será un mundo en el que muchos nos sentiremos un poco más extranjeros, un mundo inhóspito en el que soñar despierto será cada vez más difícil.