Demagogos

Decía Max Weber que el político por vocación está al servicio de ideales, mientras que el político profesional hace de esta noble actividad una carrera para mejorar su estatus social mediante el dinero y el poder . Sin acabarnos de gustar la observación de Weber (el político por vocación debería estar al servicio del bien común, antes que al servicio de dudosos ideales, que con frecuencia son la coartada para destruir o desvirtuar el bien común), parece evidente que la ‘noble actividad’ de la política ha dejado de ser una vocación de servicio, para convertirse en una carrera de acaparación del dinero y del poder. Pero ¿cómo ha ocurrido esto? Porque no parece fácilmente explicable que la gente elija a sabiendas políticos corruptos o inescrupulosos. Para que esto ocurra como ha ocurrido, como está ocurriendo es preciso oscurecer antes la noción de bien común. Solo entonces es posible que el puesto de los políticos lo ocupen quienes Aristóteles denominaba demagogos .

En su célebre clasificación de las formas de gobierno, Aristóteles llama ‘demagogia’ a la degeneración del gobierno democrático. ¿Y en qué consiste la degeneración de un gobierno? En la perversión de su objeto , responde Aristóteles. El objeto de un gobierno sano es la consecución del bien común; y el objeto de un gobierno degenerado es la consecución de intereses particulares. Un gobierno que satisface intereses particulares y la satisfacción de intereses particulares siempre se logra a costa de erosionar el bien común es perverso por naturaleza; pero, para ocultar la perversión en su naturaleza, las demagogias de nuestro tiempo mucho más sofisticadas que las que conoció o pudo imaginar Aristóteles satisfacen simultánea o consecutivamente muchos intereses particulares, de tal modo que su suma proyecta un espejismo de satisfacción del bien común. El demagogo hace una lista de los intereses particulares que le conviene satisfacer, para asegurarse el voto de los diversos ‘colectivos’ a los que debe mantener contentos, para garantizarse su voto; a los ‘colectivos’ los clasifica según parámetros diversos. procedencia geográfica, edad, sexo (y ‘opción’ sexual), confesión religiosa, profesión, etcétera. Pero tales parámetros, por amplios que sean, generan a su vez posibilidades combinatorias casi infinitas; esto es, una atomización en progresión geométrica de los intereses particulares.

Decía Quevedo que la envidia está siempre amarilla, porque muerde pero no come. Y lo mismo les ocurre a las sociedades en manos de demagogos, convertidas en un enjambre de intereses particulares en liza que nunca dejan a nadie satisfecho, porque basta que se satisfaga uno para que el vecino se considere agraviado; y satisfaciendo al vecino solo se logra agraviar al que primeramente se satisfizo, y así hasta la descomposición de la propia sociedad, que desposeída de la noción de bien común se convierte en una demogresca de sucesivos intereses particulares que nunca se sacian del todo. En medio de esta turbamulta de intereses particulares en constante expansión y competencia, el político corrupto se desenvuelve como pez en el agua. una vez que has logrado corromper a la sociedad, amputando de su horizonte espiritual toda noción de bien común y enviscándola en una reñida pugna por la consecución de diversos intereses particulares, los intereses propios del político corrupto pasan inadvertidos; e incluso pueden resultar ‘legítimos’, tan ‘legítimos’ como cualquiera de los intereses particulares en liza. Divide y vencerás, reza el adagio; siembra la discordia entre los que deberían permanecer concordes y podrás permitirte el lujo de gobernar en provecho propio.

Cuando la política deja de ser una vocación de servicio al bien común, la vida de las sociedades se convierte en una cucaña; y nada más natural que que los cucañistas se disputen los premios, empujados por sus intereses egoístas. Esto ha ocurrido impunemente mientras duraron las vacas gordas; y ahora que sufrimos las vacas flacas, ante la imposibilidad de seguir satisfaciendo la turbamulta de intereses particulares que hicieron posible su hegemonía, los demagogos se tropiezan con una sociedad en un estado creciente de irritación, resacosa de materialismos anestesiantes, que busca, furiosa y desnortada, culpables. Y entonces aparece una generación nueva de demagogos que consuela a la gente haciéndoles creer que en la persecución de los demagogos antiguos se halla el remedio a sus males.