La ideología freudiana

En 1892, en colaboración con el doctor Breuer, el joven Sigmund Freud lograba curar, por medio de la hipnosis, un caso de histeria, hallando de golpe en esa experiencia los elementos fundamentales de su método. En primer lugar, la existencia del inconsciente, una región del psiquismo humano que permanece oculta y cuya exploración será a partir de entonces el objeto constante de su investigación. En segundo lugar, la existencia de un trauma o causa de la neurosis, que Freud fijó en un atropello sexual sufrido a muy temprana edad y que después fue ampliando mucho, aunque conservando siempre su carácter sexual; trauma cuyo ocultamiento o censura provoca en el paciente un complejo que emerge disfrazado de neurosis. Para lograr la curación de ese mal, Freud consideraba necesaria una reviviscencia provocada que sacase a la luz el trauma psíquico infantil oculto en el inconsciente y obligase al paciente a contrarreaccionar , permitiendo que aflorase a la conciencia. Pronto, Freud abandonaría la hipnosis, sustituyéndola por el llamado ‘psicoanálisis’ y elaborando una doctrina psicológica que incluye una peculiar visión antropológica.

Esta antropología freudiana, heredera del materialismo empirista y del voluntarismo pesimista, parte del presupuesto de que el hombre es un manojo de fuerzas biológicas en el que no existe lugar para el alma, y mucho menos para la acción de la gracia. Lo que en un principio fue una hipótesis terapéutica no tardó en convertirse en una especie de dogmática que ve en el hombre un ser humillado y ofendido desde la infancia, poseído por un resentimiento contra la misma naturaleza humana; y, sobre todo, contra todo aquello que, pretendiendo regularla desde afuera frenos, normas y reglas, cultura, moral y religión, la reprime y coarta. Nadie podrá negar que en las teorías de Freud existe un núcleo aprovechable, que consiste básicamente en la exploración de lo inconsciente psicológico, pero toda su visión del hombre está tarada por el prejuicio del pansexualismo .

El papel del inconsciente como elemento determinante del comportamiento humano quizá haya sido la idea freudiana que más ha revolucionado el pensamiento occidental. Como técnica terapéutica, explorar el inconsciente se demostró beneficioso en la medida en que descubría las causas de ciertos comportamientos obsesivos que hasta entonces se consideraban incurables, mediante la confrontación con recuerdos traumáticos que llevaban sepultados mucho tiempo. Pero la dificultad ha residido siempre en saber si los recuerdos traumáticos que reaviva el psicoanálisis son auténticos o se deben a autosugestión; y también si sacarlos a la luz no puede ser en muchos casos como reabrir una herida. Sin embargo, la principal consecuencia negativa de la exploración del inconsciente ha sido la idea de que la inmensa mayoría de las faltas y errores de la gente se pueden atribuir a unas causas sobre las que se tiene poco o ningún control. Así, el psicoanálisis se ha convertido en una coartada para evitar el juicio sobre la maldad objetiva de acciones que por su naturaleza exigen un juicio adverso.

La Libido, para Freud, es una noción que desborda los límites del deseo sexual, para extenderse en torno a una amplia zona concéntrica, mal delimitada o indelimitable, que comprende por abajo todas las aberraciones del instinto y por arriba las pasiones más nobles, desde la general simpatía de los sexos hasta el noble afecto de la amistad, o incluso el mero apego al semejante. Inevitablemente, la satisfacción de esta Libido inabarcable nunca puede ser completa, al menos en lo que denominamos ‘estado de civilización’. Esta visión freudiana ha ejercido una influencia notoria en la llamada ‘revolución sexual’, y también en una concepción del hombre en la que desaparece todo sentido de responsabilidad moral, contribuyendo a la creación de un tipo de sociedad cuya característica predominante es un progresivo desmoronamiento de sus estructuras familiares y comunitarias, de las que el psicoanalizado se emancipa dichosamente, para dar cumplimiento a sus deseos reprimidos.

La conclusión que ha extraído nuestra época de las enseñanzas freudianas es que la felicidad debe consistir en liberar al máximo estos deseos reprimidos. Algo que la realidad desmiente; pero el psicoanálisis, tal vez superado como método de análisis clínico, se ha convertido ya en ideología. Y ya se sabe que nuestra época, puesta a elegir entre las ideologías y la realidad, se queda siempre con las primeras.