El vómito

En el sufrimiento mismo nadie puede hallar gozo, y si lo halla es porque está tarado; pero durante mucho tiempo se pensó que del sufrimiento se podían extraer enseñanzas benéficas y consoladoras, y que en general el dolor -en sus más diversas manifestaciones, no estrictamente físicas- podía ennoblecer o purificar a quien lo padece. Nuestra época, por el contrario, considera que el dolor es absurdo e infructífero; y, en consecuencia, todo aquello que resulta doloroso -todo aquello que exige sacrificio o ‘penitencia’- se reputa causa de males que conviene rehuir. Cuando, pese a todos nuestros esfuerzos por evitarlo, el dolor irrumpe en nuestras vidas, inevitablemente se convierte en una energía destructiva que arrasa lo que pilla por delante, empezando por quien lo padece; pero, enseguida, a modo de irradiación, todo cuanto le rodea.

Esta incapacidad para soportar el dolor es una de las expresiones más distintivas de la modernidad; y también una de sus debilidades más manifiestas. Su origen es nítidamente religioso. faltando la fe en otra vida que nos resarce de los padecimientos sufridos en este ‘valle de lágrimas’, cualquier padecimiento se torna carente de sentido; y quien lo sufre solo puede reaccionar contra él de dos modos. con estoicismo o con indignación. El estoicismo le propone al hombre que es posible superar el dolor, alcanzando un estado de imperturbabilidad que lo haga insensible a sus zarpazos; pero como hay sufrimientos que no hay quien los aguante, por muy estupendos que nos pongamos, el estoicismo suele conducir a la pesadumbre de vivir, a una suerte de tranquila desesperación que, en último término, solo encuentra el desaguadero del suicidio. La indignación ante el dolor, por su parte, acaba degenerando en nihilismo. puesto que el dolor se considera absurdo, nos rebelamos contra él; pero nuestra rebelión no basta para vencerlo, sino que por el contrario más bien lo exacerba; y, ante un dolor exacerbado por nuestra incomprensión, solo resta la reacción airada, que suele materializarse en un vómito de odio. Para la mentalidad nihilista, el dolor puede ser absurdo, mas no por ello deja de existir; y todo lo que existe tiene una causa que lo origina. Entonces el nihilismo se pone a buscar culpables de su dolor. Puede parecer paradójico, pero la tozuda realidad nos demuestra que al nihilismo contemporáneo le gusta buscar culpables más que a un tonto una tiza.

En la búsqueda de los ‘culpables’ de sus padecimientos, el nihilismo contemporáneo se tropieza, sin embargo, con arduos escollos. No puede culpar a Dios, o solo puede hacerlo retóricamente, puesto que no cree en Él (aunque, mediante alambicadísimos procedimientos mentales, puede llegar a culpar de sus padecimientos a quienes creen en Dios). Tampoco puede culparse a sí mismo, pues el efecto más notorio de la negación de Dios es la negación de la propia culpa (y de sus corolarios. arrepentimiento, penitencia, conversión, etcétera) y la consiguiente deificación de uno mismo, que se erige en juez de las conductas ajenas (puesto que las propias no le merecen juicio adverso alguno). Inevitablemente, los ‘culpables’ de sus padecimientos, para los que no halla consuelo, siempre serán los ‘otros’; y bajo esta brumosa categoría podrán acogerse las más diversas instancias.
Uno de los rasgos sustantivos de la crisis que ahora padecemos es, precisamente, la incapacidad para extraer del sufrimiento enseñanzas provechosas y consoladoras. Vueltas de espaldas a las cualidades espirituales, resacosas de los materialismos esterilizantes con que se emborracharon durante décadas, las sociedades contemporáneas, golpeadas por la crisis, se retuercen furiosas en busca de culpables. Han perdido la perspicacia de ver dentro de sí, de purificarse a través del dolor, y se revuelven contra esto y contra aquello, sedientas de venganza y convencidas de que debe de haber ‘alguien’ o ‘algo’ culpable; y contra ese ‘alguien’ o ‘algo’ inconcreto vomitan su odio.

A falta de otro consuelo más noble, en ese vómito pueden llegar a alcanzar su consuelo, triste y plebeyo consuelo de alimañas que se regodean en el mal ajeno; y así, pueden hallar goce en acosar políticos, en vilipendiar y arrastrar por el fango la fama de las princesas, o en cualquier otro pasatiempo cruel. Es lo que ocurre siempre a las sociedades nihilistas, a las que falta la energía vital para convertir su dolor en acicate moral. acaban destruyéndose a sí mismas, alimentándose con el vómito de un resentimiento indiscriminado.