Digitalizados

Con ocasión del llamado ‘Día del Libro’, se han publicado infinidad de reportajes sobre la crisis que afecta a la industria editorial. Se repite que las ventas de libros han descendido en los últimos años un cuarenta por ciento, pero sospecho que son cifras convenientemente maquilladas (mitigadas) por la propia industria editorial, que no quiere reconocer que el descenso es aún mayor. Aunque entre las razones de tal crisis deben contarse los consabidos estragos causados por el descenso generalizado del consumo, a nadie se le escapa que su causa fundamental es la extensión de la piratería, triste corolario de la digitalización del libro. Con la industria editorial está ocurriendo, en fin, lo mismo que antes había ocurrido con las industrias discográfica y cinematográfica. a la adopción de formatos digitales se sucede, inevitablemente, la plaga del pirateo, que según nos cuentan (pero yo no acabo de creérmelo) golpea con mayor virulencia en España que en otros países. Si en el sector del libro tal plaga se había contenido hasta ahora, no es sino porque su digitalización ha sido más tardía que la de discos y películas; pero ha bastado que empresas como Amazon y Google, con criterios crudamente mercantiles, se lanzaran a digitalizar libros y a comercializar los cacharritos que facilitan su lectura para que el pirateo se haya desatado sin rebozo.

La técnica empleada por Amazon, Google y demás empresas implicadas en la digitalización del libro no difiere demasiado de las estrategias cortoplacistas del capitalismo más descontrolado. se trata de utilizar una posición dominante para, mediante una acción de fuerza, tomar el control del mercado. Tal acción rinde unos beneficios opíparos e inmediatos (el consabido pelotazo), a cambio de dejar el mercado convertido en un erial durante mucho tiempo (o para los restos); quienes no disfrutan de tal posición dominante no tienen otro remedio que ponerse a rebufo de quien ha ocasionado la convulsión. algunos pocos logran sobrevivir renqueantes, el resto se va al garete. En este particular terremoto ocasionado por la digitalización del libro todavía no sabemos quiénes serán los que sobrevivan (dependerá de la eficacia que en el futuro tenga la persecución de la piratería); en cambio, ya podemos anticipar que perecerán inevitablemente las librerías y las empresas distribuidoras de libros (que, automáticamente, se convierten en una instancia superflua). Tampoco parece osado anticipar que desaparecerán la inmensa mayoría de las editoriales, aplastadas por las que tengan una posición dominante en el mercado.

Cuando se aborda este asunto, ocurre (como, por lo demás, en tantos otros) que se pretende soslayar la realidad más evidente. Y aquí la realidad más evidente es que la era digital ha inculcado en las mentes una idea antes inconcebible, a saber. que el disfrute de los libros como el de los discos o las películas puede ser gratuito, y hasta que debe ser gratuito. Mientras esta idea no sea combatida en sus mismos fundamentos, todas las pretensiones de que la gente pague por aquello que puede conseguir gratis son grotescas; y todo intento de penalizar a quien previamente se ha inculcado esta idea se revelará inútil. Solo una legislación global que impidiese el acceso a las descargas ilegales (como en China, por ejemplo, se impide el acceso a determinados contenidos en la Red) podría acabar con la piratería. Pero los gobiernos ‘democráticos’ no se atreven a dar este paso, que provocaría revueltas de dimensión planetaria; y, además, saben que el acceso libre a la Red es la principal morfina que hoy puede administrarse a unas masas cada vez más depauperadas, que para no rebelarse necesitan su dosis diaria de pornografía a mansalva, su dosis diaria de desahogos y pataletas en las redes sociales, su dosis diaria de entretenimiento gratuito. Saben que semejante estado de cosas condena a la inanición a las industrias culturales; pero también saben que es un precio que se puede pagar gustosamente, a cambio de mantener aplacadas y en un estado de alienación satisfecha a las masas cada vez más depauperadas.

Y, entretanto, ¿qué ocurrirá con quienes escriben libros? Si escribirlos deja de ser un medio de vida (siempre difícil, ahora poco a poco imposible), no seguirán escribiéndolos, pues tendrán que buscarse el sustento por otros caminos. Por supuesto, seguirá habiendo personas con vocación literaria, pero la satisfarán ‘en privado’ (¡como hacía Aznar con el catalán!); pues, como es natural salvo que sean ricos por su casa o padezcan algún tipo de afección exhibicionista, renunciarán a brindársela a quienes en nada la valoran.