Impostores

La realidad siempre supera la ficción . Es una frase que hemos repetido mil veces, al comprobar que nuestras vidas están expuestas a azares rocambolescos y situaciones peregrinas que exceden con creces la imaginación del escritor más fantasioso. Hace algunos meses contaba en un artículo publicado en esta misma revista una divertida anécdota protagonizada por el escritor Luigi Pirandello, quien en su novela El difunto Matías Pascal narra la peripecia de un truhan que, tras leer con estupor en los periódicos la crónica de su fallecimiento, decide inventarse una nueva vida bajo otro nombre, hasta que cansado de su impostura decide volver, algunos años más tarde, a su pueblo, presentándose como quien realmente es y causando todo tipo de soponcios entre sus paisanos. La novela fue tachada de inverosímil por los críticos, contra quienes Pirandello arremete en una coda que incorpora a la segunda edición de la obra, esgrimiendo una noticia que por entonces acababa de publicarse en los diarios italianos, en la que se detallaba un caso exactamente igual al que él había urdido en El difunto Matías Pascal.

Resulta llamativo que a las ficciones, que son un producto de la fantasía humana, les reclamemos más ‘verosimilitud’ que a la propia vida, que constantemente nos deja constancia de sus ‘inverosimilitudes’. En mi última novela, Me hallará la muerte, imagino la peripecia de un hombre que, tras combatir en la División Azul y padecer cautiverio durante casi quince años en los temibles campos de trabajo soviéticos, regresa a España tratando de hacerse pasar por un compañero difunto. Yo mismo, mientras urdía la novela, era consciente de que su trama merodeaba el territorio de lo que convencionalmente denominamos ‘inverosimilitud’; pero me tranquilicé comprobando que son muchos los casos documentados de combatientes que, tras una larga ausencia de sus hogares, regresan usurpando la identidad de un compañero caído en el combate. El más célebre de todos es el de Martin Guerre, un campesino francés del siglo XVI, cuya identidad fue usurpada por un impostor que llegó incluso a yacer con su mujer durante años; el caso sería luego novelizado por Alejandro Dumas y adaptado al cine en una película protagonizada por Gérard Depardieu.

Lo más estupefaciente de dichos casos es que, con frecuencia, el usurpador logra imponer su impostura incluso cuando su parecido con el suplantado es más bien escaso, o conociendo muy superficialmente las circunstancias de su vida anterior; prueba inequívoca de que toda impostura funda su éxito no tanto en las habilidades del impostor como en la pasmosa credulidad de sus allegados. Así y todo, me esforcé en que el impostor de mi novela guardase un considerable parecido físico con el hombre al que suplantaba, y hasta me preocupé de que llegase a conocer al dedillo sus hábitos, querencias y minucias biográficas, durante el largo cautiverio que ambos padecían en Rusia. Escrúpulos que, por supuesto, me han servido de poco ante los zoilos, que como le ocurriera a Pirandello me han reprochado forzar las convenciones de la verosimilitud.

Pero, como decíamos más arriba, la realidad supera siempre la ficción. El otro día fui a ver un soberbio documental de reciente estreno, The imposter, dirigido por Bart Layton, en el que se nos narra el ‘inverosímil’ caso de Frédéric Bourdin, un suplantador francés de sangre argelina, cabellos morenos y ojos oscuros, que a los veintitrés años de edad suplantó con éxito ante su familia a Nicholas Barclay, un niño tejano de trece años, rubio y de ojos azules, desaparecido tres años antes. El documental, que es un prodigio narrativo en la dosificación de la intriga, desliza muy insidiosamente en el espectador la sospecha de que el éxito de la impostura de Bourdin se debiese a que a la familia del niño desaparecido le conviniese mantenerla, por razones que no aclararemos; y es que, en efecto, resulta poco ‘verosímil’ que Bourdin, un bigardo que no guardaba ningún parecido físico con Nicholas (¡y que se expresaba en un inglés con acento gabacho!), consiguiese mantener durante meses la superchería, que además no fue desmontada por la familia Barclay, sino por un investigador privado y una agente del FBI. Pero el caso es que lo consiguió.

Y es que en la vida real estamos dispuestos a creernos aquello que anhelamos y necesitamos creer, aquello que nos consuela y gratifica, por muy inverosímil que parezca; la incredulidad es un lujo que nos reservamos para la ficción.