La vocación del maestro

Hace algún tiempo publiqué en esta misma revista un artículo titulado Maestros, en el que comentaba los resultados de un examen que se hizo a opositores de Magisterio en la Comunidad de Madrid, donde se revelaba que muchos de ellos no sabían hacer la ‘o’ con un canuto. Algunos maestros se han dirigido a mí, pesarosos o enojados por lo que consideraban un ataque a su gremio; y, puesto que quizá sea la vocación docente la que más admiro y valoro, me gustaría aclarar que en aquel artículo nada había de injurioso o despectivo hacia los maestros. Soy consciente de que, cuando uno escribe en periódicos, corre el riesgo de ser leído ‘en diagonal’ y de que lo interpreten de los modos más rocambolescos; y también de que es inevitable que sobre quien escribe en periódicos circulen ideas prejuiciosas e irreductibles, a menudo fundadas en malentendidos de buena o mala fe. Con estos sambenitos enquistados está uno dispuesto a cargar de por vida, aunque les aseguro que a veces se tornan oprobiosos e insoportables; y, con el tiempo, uno ha aprendido que resulta estéril tratar de desmentirlos, pues quien se alimenta de prejuicios odia atender a razones. Por lo demás, como decía el romance, solo digo mi canción a quien conmigo va .

Sin embargo, en esta ocasión me gustaría hacer algunas precisiones; pues, como señalaba más arriba, venero a los maestros, tal vez porque disfruté de algunos cuyas enseñanzas todavía iluminan mis días. En aquel artículo, después de glosar los errores garrafales perpetrados por muchos de los opositores en aquel examen de marras, señalaba que muy probablemente la difusión de tales errores obedeciera a razones sórdidas. Puesto que vivimos en una sociedad enferma -cito textualmente en mi artículo-, en la que el rifirrafe ideológico es el pan nuestro de cada día, no me extrañaría que su intención no sea otra sino justificar ante la opinión pública los recortes de la escuela pública, perjudicando así las reivindicaciones profesionales de los maestros, y la consideración que a los buenos y heroicos maestros debe tributarse . Y a continuación trataba de explicar -de explicarme- las razones desquiciadas por las que personas que no saben hacer la ‘o’ con un canuto pueden llegar a creerse capacitadas para enseñar a los demás; razones que resumía en la quiebra del sentido de la vocación.

Existen pocos oficios tan declaradamente vocacionales como el de maestro, que no ofrece expectativas de enriquecimiento, ni relumbrón social ni ninguno de los alicientes que nuestra época ha encumbrado y reclama. La única recompensa inmediata a la que puede aspirar un buen maestro es la gratitud de sus alumnos; y la única recompensa diferida es la esperanza de que sus enseñanzas les resulten en el porvenir provechosas. La vocación del maestro es vocación de entrega, no solo de los conocimientos que transmite, sino también de sí mismo, en lo que tiene algo de generosa inmolación, como la vocación del cura. De hecho, si nos atenemos a la etimología de las palabras, el maestro es tan ‘cura’ como el cura mismo. pues encomienda su vida al cuidado -que no otra cosa significa ‘cura’- del prójimo. Por eso resulta tan pavoroso que una vocación de esta naturaleza tan abnegada se pervierta. Y esto era lo que los resultados de aquel examen revelaban, independientemente de que su difusión fuera interesada. allí se mostraba que muchos de los aspirantes a una plaza de maestro no tenían nada que entregar, salvo tinieblas; y, sobre todo, se mostraba que, no teniendo nada que entregar, sin embargo se consideraban irresponsablemente capacitados para encomendarse al cuidado de aquellos a quienes nada podían entregar.

¿Cómo se puede llegar a esta quiebra del sentido de la vocación? Creo que es un producto típico del voluntarismo que caracteriza nuestra época, según el cual uno puede ‘construir’ libremente su personalidad, sin atender a los dones que ha recibido. En realidad, toda vocación se resume en la recepción atenta de un don; pero nuestra época ha dado en la insensata manía de creer que cada uno puede ‘fabricarse’ sus propios dones, que así dejan de ser tales, pues don es solo aquello que se recibe. Y no habiéndose recibido nada, nada se puede entregar. Esto es lo que en aquel artículo trataba de explicar; y no creo que tales reflexiones puedan ofender a los maestros que, numantinamente, luchan por hacer fecunda su vocación, entregando lo que recibieron a sus alumnos, entregándose -en definitiva- a sí mismos.