“Luisa y los espejos”

Hay vidas que en sí son una novela, y uno se asombra de que sean tan desconocidas. La que hoy motiva estas líneas fue excéntrica y a la vez fascinante. Todos conocemos personas que han dedicado su vida al arte en sus distintas facetas. la música, la pintura, las letras. Lo que no es habitual es que exista alguien que haya consagrado su existencia a convertirse en una obra de arte viviente. Y, sin embargo, existió; se llamaba Luisa Casati. Nació y sobre todo reinó en la Belle Époque, tiempo ya pródigo en extravagancias, pero ella rodeada de amigos como Tamara de Lempicka, Cousteau, Nijinsky, Isadora Duncan, Gabriel DAnnunzio o el asesino de Rasputín, el príncipe Yusupov logró convertirse en leyenda. A ello ayudó sin duda su enorme fortuna.

Huérfana desde edad temprana, contrajo matrimonio con un renombrado marqués con el que convivió apenas el tiempo suficiente para tener una hija. El resto, Luisa lo dedicó al amor, a las fiestas, pero sobre todo a convertirse en esa obra de arte que siempre dijo quería ser. Medía metro ochenta de estatura y poseía una belleza magnética, misteriosa, acentuada por unos enormes ojos verdes cuya mirada ella potenciaba aplicándoles belladona. Les podría contar mil y una anécdotas, porque acabo de leer sobre ella un libro espectacular. Uno en el que no solo se habla de Luisa Casati y de su curiosa vida, sino de que dos vidas, una en el pasado y otra en el presente, se entrelazan de modo magistral. Si les digo que la autora de este libro es mi gran amiga Marta Robles, pensarán tal vez que me dedico al nepotismo más ramplón o, en el mejor de los casos, que soy poco objetiva. No es así.

Para mi desgracia tengo un sentido crítico tan exagerado (ni se imaginan los problemas de toda índole que me ha traído) que me resulta imposible defender algo que no me gusta. Y lo que más me gusta de este libro son varias cosas. Dejando a un lado las extravagancias de las que antes hablaba, Luisa y los espejos, que así se llama la obra, es un notable retrato de época. Hoy abundan novelas con trasfondo histórico que, para quienes nos gusta la precisión, chirrían por todas partes. Basta con que en la tapa de un libro ponga novela para que su autor se sienta autorizado a reinventarse la Historia, cambiar los desenlaces e incurrir en tantos anacronismos y disparates que uno tiene la sensación de estar leyendo ciencia ficción. Luisa y los espejos, en cambio, está basada en un exhaustivo estudio de la época, de sus costumbres, de sus particularidades. Que su autora se ha documentado a fondo es evidente, pero por suerte no se trasluce en la historia que cuenta. Y es que no hay nada tan plúmbeo como un escritor que, empachado con todo lo que ha tenido que investigar para su novela, se pone estupendo y casi tumba de aburrimiento al lector suministrándole un montón de cifras, fechas y datos que parecen decir. Ahora os vais a enterar de lo inteligente que soy y lo mucho que sé .

Otra cosa que me gusta de la novela es el retrato psicológico de las personalidades que describe. Podría pensarse, dada la extravagante forma de ser de Luisa Casati, que estamos ante una novela liviana, un who is who esnob e insustancial. Yo, que soy gran defensora de la frivolidad (creo que la mejor manera de hablar de las cosas serias es hacerlo medio en broma), he disfrutado especialmente de esos personajes en apariencia banales. En apariencia solo, porque quien sepa mirar detrás de las máscaras verá que se esconden allí personalidades complejas y atormentadas que ayudan a entender no solo el fin de una época, sino también (y casi podríamos decir sobre todo) rasgos muy reconocibles de este otro fin de ciclo que vivimos ahora. Por todo esto y aún a riesgo de que los peor malpensados crean que me ciega el cariño que siento por Marta, aquí les dejo mis impresiones de una novela que cumple ese mandato clásico que dice que, en literatura, hay que enseñar deleitando. Espero que lo disfruten tanto como yo.