‘Dexter’

Otra serie que he seguido con interés en los últimos años es Dexter, sobre las andanzas de un ‘simpático’ psicópata o asesino en serie que ha logrado enfocar su pulsión homicida hacia la persecución y consiguiente exterminio de otros psicópatas o asesinos en serie que perpetran sus crímenes en la ciudad de Miami. Dexter da una nueva vuelta de tuerca al subgénero de los justicieros o ‘vengadores’, que Charles Bronson pusiera de moda allá por los años setenta, reciclando materiales propios del wéstern. se trata de exaltar la figura de quien, ante la inoperancia de la ley, se toma la justicia por su mano, convirtiéndose de este modo en garante del orden. A esta exaltación moralmente dudosa de la figura del justiciero, suma Dexter una mitificación (más dudosa todavía) del psicópata, que ya el cine de las últimas décadas había encumbrado a la categoría de icono propio de nuestra época, una suerte de reverso oscuro del superhéroe.

Solo que Dexter, el protagonista de la serie, interpretado por Michael C. Hall, es como decíamos más arriba un tipo ‘simpático’; y el tratamiento de la serie, que abunda en truculencias y desmanes, es sin embargo francamente amable, incluso cómico por momentos. No es que Dexter sea un simpático profesional; por el contrario, se nos presenta como un hombre torturado, más que por su secreta pulsión homicida (que, en honor a la verdad, no le causa demasiados conflictos de conciencia), por la vida de fingimientos que está obligado a sobrellevar. Para mayor bizantinismo o enrevesamiento, Dexter trabaja como perito científico en el departamento de policía de la ciudad de Miami; es hermano adoptivo de una policía destacada del departamento, que con el tiempo llegará a convertirse en su superior; e incluso ha probado, en su afán por mantener una fachada irreprochable, a casarse, superando el frío desapasionamiento propio de su carácter y llegando a disfrutar de una vida familiar modélica. Uno de los aspectos más divertidos (y perturbadores) de la serie consiste, precisamente, en contrastar estos hábitos hogareños y perfectamente honorables de Dexter con sus hábitos homicidas, que mantiene resguardados hasta donde puede; la fricción entre ambos da lugar a situaciones propias de una comedia de enredo, completadas con reflexiones interiores del propio Dexter, de naturaleza más bien cínica y socarrona.

Para completar la caracterización positiva de Dexter y captar la benevolencia del espectador, los guionistas le han urdido un pasado traumático que ‘explica’ o incluso ‘justifica’ su comportamiento; y han puesto a su lado, a modo de voz de su discutible conciencia, al ectoplasma de su difunto padre adoptivo (James Remar), que en vida logró encauzar su pulsión homicida, invitándolo a dar matarile a otros psicópatas, y que una vez muerto actúa a modo de ángel guardián, ayudándolo a resolver sus dilemas morales; o, dicho más exactamente, las difíciles tesituras en que a menudo se halla. De este modo (y he aquí el mayor y más desasosegante acierto de la serie), el espectador acaba no solo aprobando los crímenes de Dexter, sino que incluso llega a identificarse con quien los perpetra, participando de los desvelos y angustias que conlleva su planificación, comisión y posterior ocultamiento. No hace falta añadir que, con frecuencia, las circunstancias en que tales crímenes se perpetran son por completo inverosímiles; pero se trata de una inverosimilitud que se acepta sin reticencia, tal vez por el latente tono de farsa amable que impregna toda la serie.

Y es, en el fondo, este tono de farsa amable muy cuidadosamente elegido por sus creadores lo que a la postre provoca mayor zozobra; pues toda la serie rezuma, a poco que uno esté atento, una amoralidad insidiosa y burlona. Dexter, en realidad, no solo mata a los ‘malos’; también llega a matar (así, por ejemplo, al final de la segunda temporada) a quienes sospechan de su doble vida. Y aunque la serie se esfuerza en mostrar a estos suspicaces como villanos sin salvación, para que Dexter no se convierta en un personaje demasiado indigesto, lo cierto es que ninguna culpa tienen que merezca una condena (salvo interponerse en la pulsión homicida del protagonista, de la que el espectador ya se ha hecho cómplice). La serie, en fin, desliza constantemente en el espectador este mensaje ofidio. Tú también lo harías sin remordimiento si pudieras ocultarlo; y, en situaciones de peligro, no vacilarías en eliminar a quien pudiera delatarte. Porque, en el fondo, tú también eres un psicópata reprimido; tan simpático como Dexter, por supuesto, pero un psicópata como la copa de un pino .