Amistades interesadas

Todos hemos tenido experiencia personal de estas amistades interesadas a las que hoy quiero referirme. Hemos sido víctimas o instrumentos de tales amistades; y seguramente también hemos utilizado a otros para la satisfacción de intereses propios, fingiendo amistad. La mayoría de las relaciones amistosas que entablamos no nacen de una auténtica sintonía espiritual, sino de un conglomerado difícilmente discernible que, llegado el caso, podemos disfrazar de sintonía espiritual, para no sentirnos en exceso miserables. a veces enmascaramos de amistad una inclinación menos confesable (esto ocurre con muchísima frecuencia en las amistades entre hombres y mujeres, donde uno de los amigos suele ocultar la verdadera naturaleza de sus sentimientos); y a veces envolvemos con los ropajes de la amistad lo que no es sino descarnado deseo de obtener algún tipo de beneficio. Este beneficio no siempre es tangible; por el contrario, con asiduidad se trata más bien de un beneficio intangible, incluso espiritual si se quiere. así, por ejemplo, tendemos a pensar que la amistad con una persona santa, o simplemente proba, nos transmite algo de sus virtudes, cuya aureola nos permite, a su vez, posar ante los demás de santos o probos.

No nos demoraremos exponiendo las mil variantes de amistades interesadas que pueden darse en la vida; la casuística es, en verdad, profusa, casi infinita. Por supuesto, hay amistades interesadas extraordinariamente burdas, cuyo designio es de inmediato delatado, a poco que falte la razón espuria que las fundó; pero hay otras amistades interesadas que son un prodigio de simulación y bellaquería, de una delicadeza aviesa que causa asombro, extraordinariamente difíciles de detectar y desvelar; tan difíciles que no solemos detectarlas y desvelarlas hasta muchos años después, cuando la amistad que creíamos sincera se ha difuminado ya en la lejanía de los años. Generalmente, el grado de sofisticación de las amistades interesadas depende del grado de ‘espiritualización’ del beneficio que en ellas buscamos. la amistad interesada que busca dinero o trabajo suele delatar pronto sus mecanismos y trapacerías; no sucede lo mismo en la amistad interesada que busca beneficiarse de la consideración o el predicamento de la persona a la que engañamos con nuestra amistad falsorra, pues un fingimiento de este tipo exige mucho más que el halago o el servilismo (que pueden ser suficientes cuando solo anhelamos bienes ‘tangibles’), pudiendo incluso demandar una completa metamorfosis farisaica de nuestro ser. Yo he conocido algunas de estas últimas amistades interesadas, cumbre de la impostación y el disimulo; y su descubrimiento siempre me deja paralizado por el horror, pues hay en ellas algo demoniaco, un resplandor o fosforescencia que no es de este mundo. Mientras las amistades interesadas más burdas pueden concluir de forma tal vez abrupta o incluso violenta, pero en cualquier caso poco lesiva de nuestra integridad personal, las amistades interesadas más sofisticadas suelen infligirnos, aunque concluyan del modo más ‘civilizado’ y pacífico, heridas que tardan en restañar y trastornos a menudo indelebles que agrian nuestro carácter o lo tiñen de amargura y desconfianza; y que ya no nos permiten volver a ser los mismos de antaño, tampoco en el trato con nuestros amigos más justos y verdaderos, que en cierto modo pagan por los pecados ajenos.

Amistades interesadas ha habido siempre, desde que el mundo es mundo; y seguirá habiéndolas hasta su fin. Sin embargo, me atrevería a afirmar que esta época nuestra las estimula y fomenta; y no tanto porque sea una época especialmente depravada (que tal vez lo sea), sino porque favorece formas de vida desencarnadas, en las que el conocimiento del prójimo es cada vez más desvaído y neblinoso, y en las que el intercambio comunitario se ha adelgazado hasta casi desaparecer. La amistad es un hábito del alma, y los hábitos se fortalecen en el conocimiento; pero allí donde falta hábito es muy difícil llegar a conocer al prójimo; y allá donde falta conocimiento del prójimo es casi imposible que brote la sintonía espiritual que fragua las verdaderas amistades. Entonces el prójimo se convierte en un mero instrumento para la satisfacción de nuestros fines. pues aquello que no podemos conocer ya solo nos resulta valioso por la utilidad que podamos extraerle.

Solo se puede amar aquello que se conoce; el amor a lo que no se conoce es deslumbramiento y hechicería, o bien crudo y alevoso interés.