Hombres prehistóricos

Refiriéndose a la cautela con que debemos interpretar los vestigios prehistóricos, Chesterton nos proponía una divertida paradoja. Imaginemos a una pareja de enamorados de nuestro tiempo, Ana y Alberto, que penetran en una cueva y graban en sus paredes un testimonio de su amor, con dos ‘aes’ mayúsculas entrelazadas. De este hecho aislado, un arqueólogo podría extraer, dentro de cinco o diez mil años, las siguientes consecuencias. 1) Que, puesto que las letras están grabadas con una navaja de bolsillo poco afilada, nuestra época se caracterizaba por el manejo de herramientas toscas; 2) Que, puesto que las letras son mayúsculas, nuestra época desconocía la escritura en minúsculas; 3) Que, puesto que las dos letras que aparecen en la inscripción son iguales, nuestro idioma debió de ser muy rudimentario y casi impronunciable; y 4) Que, puesto que las iniciales de Ana y Alberto no parecen denotar ningún tipo de significado religioso, nuestra civilización no tendría religión alguna.

Cuando hablamos de Prehistoria, tendemos a figurarnos un período necesariamente caracterizado por la barbarie. Pero la Prehistoria no es el período anterior a la civilización, sino el período que precede a la aparición de escritos que estamos en condiciones de descifrar. La humanidad prehistórica nos ha dejado ejemplos de otras habilidades anteriores a la escritura; o, dicho más exactamente, anteriores a las escrituras que hoy somos capaces de leer o interpretar. Aunque no nos haya legado un relato de cómo cazaba los bisontes, el hombre primitivo nos ha legado una pintura del bisonte. Todo lo que digamos sobre el modo en que el hombre prehistórico cazaba los bisontes pertenecerá al ámbito de lo hipotético, con mayor o menor aproximación; en cambio, no cabe duda alguna de que la pintura que hizo del bisonte demuestra que era un ser inteligente igual que nosotros, porque el arte es la firma del hombre.

Pero, de modo grotescamente paternalista, queremos seguir pensando que aquellos remotos hombres que habitaban las cavernas eran seres inferiores a nosotros. Este verano, en Malta, he tenido la oportunidad de contemplar los restos de una serie de templos megalíticos Ggantija, Hagar Qim, Mnajdra, Tarxien, así como del admirable hipogeo de Hal Saflieni, todos ellos con más de cinco mil años de antigüedad. Las formas arquitectónicas elegidas por aquellos hombres de la Edad de Piedra admiten muchos epítetos. son colosales, enigmáticas, apabullantes, pero en ningún caso toscas. Sorprende que unos hombres que aún carecían de herramientas sofisticadas pudieran transportar megalitos que pesaban toneladas; sorprende que pudieran labrarlos de forma tan esmerada; sorprende que la disposición arquitectónica de los templos (con cámaras sucesivas en forma de riñón, a modo de ábsides) fuese tan calculada y compleja. El pasmo que experimenté contemplando aquellos templos se acrecentó en el hipogeo de Hal Saflieni, que aprovecha una serie de cuevas naturales para construir un cementerio subterráneo, en el que a través de una intrincada red de pasadizos se llega a una serie de cámaras, excavadas en la roca, que imitan en ocasiones la portada de un templo, con un grado de refinamiento en el labrado de la roca en verdad sobrecogedor. No conocemos los ritos que en aquellos lugares se desarrollaron; no sabemos cómo pensaban aquellos hombres; no sabemos si creían en un Dios único o en un enjambre de divinidades; pero no podían ser gentes de inteligencia atrofiada.

Sin embargo, la tentación de extraer consecuencias disparatadas de los vestigios prehistóricos tan disparatadas como las que Chesterton extraía humorísticamente de las ‘aes’ entrelazadas por unos novios en la pared de una cueva nunca decae; y siempre se tiende a imaginar a aquellos hombres de la Prehistoria como seres de inteligencia pueril o atrofiada (¡a ser posible, manipulados por una casta sacerdotal proterva!). En una guía de viajes de Malta leo. El templo de Mnajdra es muy interesante por las cámaras secretas que se esconden en el espesor de los muros. Estas cámaras se comunican con el templo propiamente dicho a través de aberturas practicadas en las paredes. Se cree que delante de estas aberturas se colocaban estatuas de las divinidades y que el sacerdote, escondido en la cámara, prestaba su voz a la divinidad para dirigirse a los creyentes . Tan delirante hipótesis que parece inspirada por el episodio quijotesco de la cabeza encantada carece, por supuesto, de todo atisbo de fundamento científico y, desde luego, el sentido común la repudia; pero es la argamasa fantasiosa con la que se urden nuestras recreaciones de la Prehistoria.