Unión Europea

Se publica un estudio en el que se asegura que la confianza en las instituciones de la Unión Europea está declinando, muy especialmente en España, donde ya solo una cuarta parte de los encuestados afirman confiar en este engendro. Y, sin embargo, los pueblos europeos han perdido la capacidad para convertir su desconfianza en protesta. Se confirma así el diagnóstico de Hans Magnus Enzensberger, quien en su obra El gentil monstruo de Bruselas sostiene que la expropiación política que están padeciendo los europeos no conduce a la sublevación, sino más bien a la indiferencia, al cinismo, al desprecio por la clase política y a la depresión colectiva . En el pecado llevamos la penitencia.

La intuición popular suele referirse a la Unión Europea como una ‘Europa de los mercaderes’, en donde un tiránico economicismo tecnocrático suplanta toda posibilidad de participación ciudadana. La intuición, aunque nacida de una suerte de democratismo idolátrico, participa de un fondo de verdad. Pues la ideología europeísta, reducida a su más descarnada esencia, se manifiesta principalmente de dos maneras. mediante la erosión paulatina de las soberanías nacionales y mediante la absoluta prioridad de la economía, que reduce la política a una mera administración residual. A nadie se le escapa que ninguno de los órganos principales de la Unión Europea está integrado por miembros electos. El Banco Central, el Consejo de Ministros y la Comisión Europea están compuestos por tecnócratas sin mandato político alguno que, sin embargo, ejercen un omnímodo poder supranacional. Todo el proyecto de la Unión Europea es, en realidad, un plan tecnocrático, apolítico y claramente antinacional que ha hecho realidad aquel desiderátum que formulara Joseph Goebbels en 1940. Dentro de cincuenta años, la gente ya no pensará en términos de países [ ]. Tengo la firme convicción de que así como hoy sonreiríamos al evocar las querellas provincianas que dividían a los pueblos alemanes, las generaciones futuras se divertirán recordando las disputas políticas que hoy dividen a Europa .

En este engendro goebbelsiano que, en puridad, es la Unión Europea, tiene importancia medular la mencionada erosión de las soberanías nacionales. No debemos olvidar que el engendro nació bajo un impulso constructivista en el que, para generar un artificioso sentimiento de pertenencia a Europa (¿a qué Europa?), se aminoró el sentimiento patriótico de los países miembros. Posteriormente, se demostraría que el proceso de ‘integración’ europea no era sino un proyecto de laminación de los Estados. Así, por ejemplo, la Unión Europea ha evacuado un ‘paquete legislativo’, conocido en la jerga de la casta bruselense como Two-Pack, que permite a la Comisión Europea pronunciarse sobre los presupuestos generales de los Estados miembros antes de que estos sean aprobados por sus respectivos parlamentos. Y existe otro ‘paquete legislativo’, llamado en la jerga de esta gentucilla Six-Pack, que permite intervenciones directas de la Unión Europea en las políticas macroeconómicas de los Estados miembros. Para facilitar esta labor intervencionista que reduce a los Estados a la condición de felpudos o marionetas obedientes de los dictados bruselenses, se reformó por la vía rápida el artículo 135 de nuestra Constitución.

Me provocan una mezcla de lástima e hilaridad todos los esfuerzos de la propaganda oficial por combatir las tentaciones secesionistas que afloran en diversas regiones españolas (con Cataluña a la cabeza), afirmando que si tales regiones se independizasen no serían aceptadas en la Unión Europea. A esto los anglosajones lo llaman wishful thinking; y los españoles, más poéticamente, el cuento de la lechera. Si mañana Cataluña o cualquier otra región española envenenada de secesionismo decidiera independizarse y formar un Estado propio sería acogida a velocidad exprés en el seno maternal de la Unión Europea. ¿Cómo un engendro semejante, nacido para erosionar las soberanías nacionales y para aminorar el patriotismo de los pueblos europeos, va a desamparar a un producto (o subproducto) consecuente de su ideología? ¿Quién iba a vetar su ingreso? ¿Acaso el gobierno español de turno, concitando las iras de los demás miembros de la Unión Europea? Risum teneatis.

Desengañémonos. A la casta bruselense las tensiones separatistas que padecemos en España le parecen risibles ‘querellas provincianas’. Y, como Goebbels, creen que nuestros nietos se divertirán recordándolas.