Hispanidad

Resulta llamativo amén de irrisorio que una palabra como ‘hispanidad’ haya sido por completo desterrada del lenguaje común, por considerarse erróneamente una acuñación franquista, mientras otras expresiones que lo son efectivamente, como ‘Estado español’, sean empleadas a troche y moche.

‘Hispanidad’, como otras palabras de su misma familia, como ‘humanidad’ o ‘hermandad’, designa a una gran multitud de gentes que se saltan las barreras de la raza o la geografía en un afán de unión. ‘Hispanidad’ significa, en primer lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánicos diseminados por el mundo; y expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánicas. En su Defensa de la hispanidad, Ramiro de Maeztu, al indagar las cualidades constitutivas de la hispanidad, se detiene en lo que llama ‘humanismo español’, que consiste en una fe profunda en la igualdad esencial de los hombres, en medio de las diferencias de valor de las distintas posiciones que ocupan y de las obras que hacen . Para Maeztu, lo más característico de los españoles es que afirmamos esa igualdad esencial de los hombres sin negar el valor de su diferencia . A los ojos del español, todo hombre, sea cualquiera su posición social, su saber, su carácter, su nación o su raza, es siempre un hombre. and #91; and #93; No hay nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de unos pueblos sobre otros o de unas clases sociales sobre otras . Esta fe profunda en la igualdad esencial de los hombres la expresó Cervantes mejor que nadie, cuando pone en boca de don Quijote aquella célebre frase. Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro .

Otro rasgo prototípico de la hispanidad lo resalta el filósofo Manuel García Morente. Escribe que los españoles no fuimos a América para traernos América a España, sino para vivir allá, para fundar allá, para crear allá otras Españas, otras formas de ser español, en fecundo mestizaje. Y es que el español y, por extensión, el ‘hispano’ no siente y casi no comprende las relaciones abstractas. Necesita cuanto antes ‘conocer’ al otro, establecer con el otro una relación que se funde en la singular persona del otro. Por eso en los pueblos hispanos el trato puede más que el contrato, y las obligaciones de amistad pesan mucho más que las obligaciones jurídicas. El español se vincula por lazos de amistad, conoce a los hombres, los trata, convive con ellos; pero no como frías abstracciones del derecho político o del Código Civil, sino como cálidas realidades de amor y de dolor. Y de esta necesidad de fundirse con el otro en amor y dolor nace el impulso de la hispanidad.

Claro está que en aquel fundirse con América se cometieron muchos abusos; pero fueron abusos nunca consagrados y garantizados por la ley, a diferencia de lo que ocurrió, por ejemplo, en las colonizaciones anglosajonas. En la América española hubo, es verdad, una mortandad mayúscula de indios, causada mayoritariamente por las enfermedades traídas del Viejo Mundo; y hubo, es verdad, muchos encomenderos brutales, pero nunca genocidio planificado, a diferencia, por ejemplo, de lo ocurrido en América del Norte, donde los nativos fueron prácticamente exterminados. Tampoco hubo en la América española el gigantesco comercio de esclavos que otras potencias coloniales organizaron en el África negra. La reina Isabel, en cuanto supo que Colón había iniciado un tímido comercio de esclavos, lo prohibió inmediatamente; y en su testamento dejó ordenado a su esposo y a sus sucesores que pongan mucha diligencia y que no consientan ni den lugar a que los indios reciban agravio alguno ni en su persona ni en sus bienes . Bartolomé de las Casas, el gran denunciador de los abusos contra los indios, escribió que Isabel no cesaba de encargar que se tratase a los indios con dulzura y se emplearan todos los medios para hacerlos felices . Este reconocimiento de la dignidad de los indígenas es un rasgo exclusivo de la conquista española; no lo encontramos en ninguna otra potencia de la época ni tampoco en épocas posteriores.

Un amigo muy querido, Santiago Castelo, me dijo en cierta ocasión que un español que no conoce la América hispana es tan solo medio español; y la verdad de esta sentencia he tenido luego ocasión de comprobarla cada vez que he visitado América, donde siempre he hallado la ocasión de sentirme español completo, fundido en una igualdad esencial que hace más gozoso el valor de la diferencia.