Y a estas alturas, Sting

La señal inequívoca de que me he hecho mayor es que, por vez primera, me ha gustado un disco de Sting. Como siempre que hago una afirmación de ese estilo, soy consciente de que puedo ser apedreado, aunque no importe. asumo resignadamente el riesgo de todo columnista viviente que se atreve a rozar a un mito del rock o del pop o, aún peor, a un héroe del fútbol. Es como si dijera que Neymar me parece una castaña o que Benzemá es un capricho inútil. O como si me meto con Mourinho. Siempre hay una yihad dispuesta al asalto o a la reprimenda. Me pasó hace un año cuando en estas mismas páginas relaté un hecho parecido teniendo como protagonista a la Gran Iguana, Iggy Pop, tampoco santo de mi devoción hasta que me robó la cartera con La javanaise. Con todo, Iggy es más contracultural; Sting, en cambio, parece sistema puro, corrección política al máximo, ídolo al estilo Bono (el de U2), artista muy de la sección de cultura de El País, para entendernos. No me interesó un carajo nada de The Police, la banda que formó al final de los setenta con Summers y Copeland, quizá porque yo andaba muy poco británico entonces y porque cualquier ritmo que resultara salpicado por el reggae empezaba a saturarme, aún más si quienes lo perpetraban eran europeos. The Police no eran reggae al estilo de los verticales y elegantes UB40, pero mezclaban alguna pincelada con destellos jazzísticos y rockeros, y me resultaban secos y ásperos como un membrillo. Sin más.

Luego hube de reconocerle a Sting personalidad. No era un simple compositor de melodías extremadamente coyunturales. Era más. Pero jamás me motivó sentarme una tarde a escuchar algún trabajo suyo. Menos aún esos años en los que le ha dado por motivarse con el Medievo (a mí, el único Medievo que me conmociona es el que recopila y canta el grandioso maestro Joaquín Díaz, que merece por toda su obra veinte artículos como el presente) Hasta que apareció José Luis Salas con el adelanto de su trabajo editado en España The last ship. Ojo. Esto no sé qué parece, me dije, pero aquí me ha salido un moratón por un pellizco. Es el disco de un hombre cansado, aburrido, que se deshace de casi todo lo que ha sido y que vuelve a la infancia, a sus años mozos, donde todo era fantasía brumosa de Newcastle, donde barcos de verdad venían a cubrir las ausencias de barcos de juguete, donde los astilleros de Wallsend empleaban a tipos rudos y simples, algo melancólicos, brumosos y perdedores.

¿Y por qué vuelve a ese escenario?. indudablemente le brinda una confianza que le permite volver a crear después de una década. Sting cantaba, participaba en discos, recopilaba su obra, la interpretaba en conciertos pero no componía, no creaba. Hasta que el cierre de sus astilleros infantiles y el destino de todos aquellos hombres le conmovió.

Así nació este disco que será la base de una futura comedia musical de Broadway, que habrá que ir a ver. Ya sabemos que no tendrá la alegría de Hello, Dolly! (Sting no es Jerry Herman), pero sí la hondura de un permanente otoño como el que guarda en cada estrofa este disco que me atrevo a calificar de monumental. Las cuerdas y armónicas le dan bruma inglesa de reconversión industrial, pero, entre ese permanente castillo derrumbado, surge el brote luminoso de alguna pieza sublime. Todo disco, por muy bueno que sea, no se libra de contar con dos o tres ladrillos, y este no va a ser una excepción, pero una pieza como The night the pugilist learned how to dance justifica toda la inversión. Una hermosa historia calzada en una más que sugerente melodía. August winds o la misma pieza que da titulo al disco merecen una tarde calma, recogida, solitaria. Tras la que he pasado yo, estoy dispuesto a pedirle perdón a Sting por tantos años difamándole y a darme con una piedra en la boca por haber dicho que nunca jamás, ¿oyen bien?, nunca jamás perderé un minuto de mi vida en escuchar a este pelma. Toma, Jeroma. Quién te ha visto y quién te ve, Carlitos.