Los bulos de WhatsApp

WhatsApp es, en principio, un estupendo invento. Tras su aparición y la consecuente huida en masa del uso de SMS por parte de los consumidores de telefonía móvil, las posibilidades de comunicación entre usuarios se han vuelto más ágiles y mucho más entretenidas. Que si mando una foto o diez, que si envío una nota de audio casi automática, que si monto grupos de charla y contacto, que si incluyo emoticonos, que si guardo los chats en el iCloud (los que tengan iPhone) y todo ello, por la patilla. Aún no he llegado a entender del todo el beneficio para sus creadores. No tengo dudas de que es un excelente negocio, pero digo que no estoy preparado para entenderlo. La aplicación es casi gratuita y, si supone un desembolso, este no llega a un miserable euro. Evidentemente, el uso de la aplicación por doscientos millones de personas implica una recaudación notable, pero eso no es el volumen de negocio propiamente dicho. Importantes grupos de inversión depositan dinero en esa empresa, aunque desconozco a cambio de qué. no estudié para estas cuestiones y bien que lo siento. Digo yo que una futura publicidad generará beneficios estimables y que ello garantiza a quienes ponen la pasta el retorno de sus inversiones, y que el manejo adecuado del dinero que entra produce también dividendos estimables para el funcionamiento de una empresa en la que deben ponerse en marcha no pocos recursos humanos y técnicos para que el invento funcione.

Pero no es la ventura o desventura financiera de los dueños del chiringuito lo que me ocupa. es la dependencia fantástica que ha creado entre sus seguidores. Evidentemente estoy entre ellos, y me afecta como a todos cualquier interrupción de servicio. Ocurrió este pasado día 15 de octubre. durante media hora el servicio de WhatsApp se vio interrumpido por vete tú a saber qué cuestiones técnicas, y la consecuencia fue casi una histeria clientelar colectiva. ¡¡¡Qué está pasando!!! , se preguntaba el personal. Más de uno elaboraba inmediatas teorías conspirativas y otros suponían que se estaba poniendo en marcha la vieja amenaza de cobrar por cada mensaje emitido. Nada pasó que no fuera un simple ajuste técnico, pero el respetable se puso nerviosísimo. Es tal el éxito de ‘Guasap’ y es tal la dependencia que muchos tienen de él, de sus buenos servicios, que es fácilmente explicable el inevitable caudal de bulos que a su alrededor prolifera. El más extendido, claro está, el que hace referencia al cobro inmediato. Algún aburrido bromista creó un texto emulando las viejas cadenas que había que complementar si no quería uno quedar maltrecho para siempre, y la propagó por la agenda de contactos de todos los teléfonos, saltando de uno a otro, mediante el anuncio de que la aplicación iba a cobrar por cada mensaje a partir de una determinada fecha. Ello solo se podía evitar si se enviaba ese mismo mensaje más de equis veces a través de su agenda de contactos. Tragó medio mundo. Los de WhatsApp mientras tanto, perplejos, negaban de plano cualquier verosimilitud.

La última ocurrencia publicada y difundida con visos de cierta credibilidad es el supuesto estudio estadístico que cifra en veintiocho millones las parejas deshechas o separadas como consecuencia del uso del WhatsApp. Sorprende en principio esa exactitud y ese conocimiento de las intimidades de las parejas de todo el mundo, pero sorprende más que se difunda como palabra de ley y que, además, se dé por hecho que la información que brinda la aplicación acerca del estado de conexión del teléfono del otro es causa suficiente para recelar y, en definitiva, poner día al famoso cese de convivencia de todo tipo de parejas. La doble raya que indica que un mensaje ha sido recibido no implica, evidentemente, que haya sido leído y, al parecer, ello habría causado mosqueos tan severos que parejas sólidamente consolidadas se han ido al garete de repente. Nada menos que veintiocho millones en el mundo entero.

Tanto bulo solo puede enorgullecer a los creadores y gestores de la aplicación. Han revolucionado las comunicaciones (no son los únicos, sí los más extendidos) y han cambiado el modelo de negocio. Lógicamente, a su alrededor, tiene que crecer la mitología.