‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’

Hay mucha gente que dice ‘cine español’ como si dijera ‘spaghetti western’ o ‘comedia romántica’; es decir, como si el cine español fuese un género cinematográfico, fundado en la repetición de una serie de tópicos y convenciones, que solo admite variaciones mínimas sobre una plantilla archisabida (tema guerracivilesco, maniqueísmo bilioso, humor chusco, costumbrismo barato, un aderezo de tetas bamboleantes por aquí y por allá, etcétera). No negaremos que entre las producciones españolas que cada año se estrenan no figure algún bodriete de este jaez; pero la caracterización sumaria del cine español como un género ínfimo nos parece una de las muestras más cetrinas del cainismo patrio.

Lo pensaba el otro día mientras veía la última y recién estrenada película de David Trueba, Vivir es fácil con los ojos cerrados. Una película de tono asumidamente ‘menor’ (pero alguien dijo que lo importante no es el tamaño) que cuenta una historia de apariencia trivial. allá a mediados de los sesenta, un profesor de inglés (Javier Cámara), cuarentón, solterón y entusiasta de los Beatles, se entera de que John Lennon está rodando una película en Almería y decide ir a conocerlo. En el trayecto, recoge a un par de muchachos, Belén (Natalia de Molina) y Juanjo (Francesc Colomer), en fuga de su hogar o de sí mismos, que se incorporan a la expedición. Confesaré que la película lo tenía casi todo para disgustarme. los años sesenta me revientan; con la música de los Beatles me ocurre lo mismo que al marqués de Bradomín con aquel teutón llamado Wagner ; y las películas protagonizadas por adolescentes me provocan temblor y temor. Pero, tal vez porque estoy demasiado acostumbrado a padecer en mis propias carnes los prejuicios, no me dejé llevar por ellos.

Vivir es fácil con los ojos cerrados, además, coquetea con ingredientes que, a poco que uno se descuide, desembocan en la cursilería. Es una película sentimental sin rebozo; y es muy difícil en arte ser sentimental sin empalago. David Trueba lo logra con un estilo transparente y mediante un juego de equilibrios en verdad portentoso; aunque lo más portentoso de todo es que al juego no se le notan los engranajes, el cálculo, el artificio, de tal modo que su película aparece ante los ojos del espectador como despeinada por la brisa de la vida. A David Trueba le gustan los personajes en apariencia anodinos, gente corriente con vidas de medio pelo en las que de repente aflora todo un continente incógnito de sutilezas del espíritu. Así ocurre con los dos muchachos de la película, que tienen el atolondramiento de la adolescencia (Juanjo) o esa suerte de sabiduría precoz de la mujer que lleva consigo la vida (Natalia de Molina); y así ocurre con el profesor protagonista, que al principio nos parece un pobre diablo, aplastado por una existencia gris y rutinaria, pero que está lleno de una dignidad mohína que, a medida que avanza la película, se va haciendo exultante y orgullosa. David Trueba es un gran director de actores, que sabe sacar lo mejor tanto del veterano impidiendo que se deje arrastrar por los manierismos del oficio como del neófito -potenciando sus intuiciones misteriosas-; y así logra unos personajes cuajadísimos, vibrantes y llenos de una humanidad en vilo. Sospecho, además, que David Trueba (que es, como yo, cuarentón) esconde dentro de sí un adolescente tímido y retraído, enamoradizo y asombrado, al que los desengaños de la edad no han logrado matar las ilusiones primeras, que mantiene casi intactas. Esta peculiaridad psicológica le permite introducir en su película el deslumbramiento gozoso con el que miramos el mundo a los dieciséis años y la púdica nostalgia con la que lo miramos a los cuarenta; y de esa mezcla surge una aleación única una suerte de jubilosa melancolía que es la que otorga a la película su particular clima; y que halla su mejor expresión cuando los dos protagonistas masculinos le confiesan a Belén, en secuencias consecutivas, que están enamorados de ella (ambos de forma vergonzante y elíptica). Y en ambas declaraciones de amor hay una verdad que se dispara sobre el espectador como una flecha. porque en esas declaraciones de amor hay mucha fe, esperanza y caridad en la vida, en la vida que hemos vivido y en la vida que nos resta por vivir.

Alguna vez tuve que cerrar los ojos mientras veía la película de David Trueba, por espantar el acecho de las lágrimas. No porque fuese una película lacrimógena, sino porque la vida vivida y por vivir me arañaba por dentro, las tripas y el alma.