Yampolski, asistencia obligada

Cuando la Unión de Escritores Rusos convocaba a una de sus reuniones doctrinales, la asistencia era obligatoria. Allí se escenificaba el bien y el mal y se marcaban las pautas de la literatura dirigida que quedaron estructuradas para siempre en el Decreto Zhdánov, el que establecía el nuevo orden artístico que debía imperar en la flamante URSS de las interminables purgas. el realismo socialista no era otra cosa que una orden de superar los estilos ‘burgueses’ y de exaltar la vida y milagros de cualquier trabajador común. Borís Yampolski era uno de ellos. Transitó, como tantos otros, del fervor comunista más cerril de quien se creía nacido para ejecutar la ‘revolución mundial’ a la disidencia silenciosa; a ser un autor ‘de cajón’, aquellos que escribían para guarecer sus obras de la inspección severa de las autoridades en los cajones de su escritorio. Sus obras fueron apareciendo clandestinamente una vez que, desencantado, empezó a escribir sin ceñirse a los dictados de la censura. Fue viviendo poco a poco la psicología del miedo que aterrorizaba a todo creador. miedo aterrador al KGB, al gulag que anidaba incluso en el alma de las personas, a la mirada severa de las mediocres autoridades literarias de la Unión de Escritores. Vio desaparecer a no pocos amigos en las pavorosas purgas estalinistas de los años treinta y consideró que su suerte no debía ser la misma. Vivió, pues, en el silencio.

Con los años confió su obra buena parte de ella se había perdido a su amigo Ilyá Konstantínovski con la idea de que este la pusiese algún día en circulación. Asistencia obligada es un soberbio volumen en el que se aprecia la descripción minuciosa de Konstantínovski sobre cada texto frondoso y descomunal de Yampolski, un inusitado desconocido en el exterior de todas las Rusias. En el relato, incluido su último encuentro con el gran Vasili Grossman, Yampolski describe con la minuciosidad de un relojero preciosista una de las reuniones obligadas en el año 48 entre otras y retrata con trazo descarnado, riqueza de adjetivos y metáforas vibrantes a sus compañeros de viaje, héroes o villanos, sin citarlos por el nombre. Hacía tiempo que no leía escritura tan vigorosa, tan medida, tan precisa.

Es traducción de uno de los grandes intérpretes del ruso, Enrique Fernández Vernet traductor de Naciones Unidas y gran experto en la obra de Solzhenitsyn, y no hace falta conocer ese idioma para percatarse de que es un gran trabajo. Fernández Vernet trasladó hace poco directamente del ruso Un día en la vida de Iván Denísovich, que ha más de treinta y pico años habíamos leído traducida del francés. Solzhenitsyn ya nos habló entonces de la aniquilación del individuo y de los diversos métodos de aquella dictadura pavorosa (que sigue inspirando a tantos absurdos comunistas actuales) para difuminarlo como garantía de eliminar peligro alguno para el poder. La no existencia de códigos privados propios fue el mejor seguro que quería para sí el orden literario soviético. hubieron de pasar varios años después de la muerte de Stalin para que extraordinarios creadores como Yampolski pudieran ser editados. No hablemos de Pasternak o del propio Solzhenitsyn, extraditado a Suiza. Desde su exilio, el autor de Archipiélago gulag favoreció el despertar de mesnadas de intelectuales occidentales cegados por la fascinación revolucionaria que condenó a varias generaciones de excelentes literatos rusos a ser meras caricaturas andantes. El sin par Nabokov describió la gran paradoja. en la Rusia del 19 se era más libre, aun bien de ser esclavo y estar oprimido, ya que no se tenía la obligación de decir que no existía esclavitud u opresión. Es decir, no se escribía lo que al Estado le parecía conveniente. Recuerda Fernández Vernet que Voinóvich (gracias a quien conocimos la monumental Vida y destino, de Grossman) dejó dicho tras la caída de la URSS que el sistema tocó a su fin, pero los rusos, en cambio, se han quedado quietos en su sitio .

La asistencia era obligada; la lectura de este volumen (Ediciones del Subsuelo, 2013), también.