Conciencias tiernas y puras

En cierta ocasión, un amigo que llevaba mucho tiempo trabajando en África me dijo que el activismo solidario de las sociedades occidentales es, con frecuencia, un aspaviento hipócrita; y, sin excepción, el único desahogo moral que se nos permite en medio de la inmoralidad estructural en la que vivimos. En cierto pasaje de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust desliza esta observación pavorosa, referida a sus personajes, que bien podría aplicarse a nuestra época. Desde hacía tiempo ya no se daban cuenta de lo que podía tener de moral o inmoral la vida que llevaban, porque era la de su ambiente. Nuestra época, para quien lea su historia dentro de dos mil años, parecerá que hubiese hundido estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que se mostrará entonces como monstruosamente pernicioso y donde, sin embargo, ellas se encontraban a gusto . Esta, tal vez, sea la mayor tragedia de nuestra época. que las conciencias tiernas y puras podamos vivir a gusto en un ambiente vital monstruosamente pernicioso sin inmutarnos, o inmutándonos tan solo ante determinados estímulos sensibleros que nos recuerdan que en el mundo -¡allá en los confines del atlas!- ocurren muchas calamidades; ocasión que aprovechamos para apadrinar a un niño por unos eurillos.

Uno de los estímulos que más frecuentemente hiere nuestra conciencia tierna y pura generalmente a la hora de la sobremesa, desgraciándonos la siesta son las imágenes de niños famélicos, merodeados de moscas, con los vientres hinchados por la desnutrición, la cabeza meningítica, envueltos en harapos; imágenes tomadas en algún campamento de refugiados donde acaban de llegar, huyendo de alguna matanza, o en algún poblado paupérrimo donde no llegan las vacunas. De inmediato surge en nosotros un impulso humanitario, una suerte de compasión preventiva que nos incita a paliar de algún modo (siquiera simbólico) ese dolor, a través de una limosna que ingresamos asépticamente en una cuenta bancaria (por lo común, las imágenes que hieren nuestra conciencia tierna y pura se presentan acompañadas del número de la cuenta bancaria en la que debemos ingresar nuestra limosna). Así, respondiendo periódicamente a impulsos sensibleros, vamos tirando; y, dependiendo del grado de ternura y pureza de nuestra conciencia, la periodicidad con la que respondemos a tales impulsos es mayor o menor.

Pero algo, allá en los sótanos de nuestra conciencia, nos dice que nuestra limosna sirve antes para tranquilizar nuestros remordimientos que para remediar la calamidad que fingimos combatir. Y también que la calamidad que fingimos combatir es producto de la inmoralidad estructural en la que vivimos, nos movemos y existimos; y en la que, aunque quisiéramos, no podríamos dejar de vivir, porque nuestro orden social, político y económico, se funda sobre tales cimientos. Cínicamente, tendemos a apaciguar nuestra conciencia tierna y pura pensando que la calamidad que aflige a esos niños famélicos que nos desgracian la siesta es consecuencia de guerras tribales y gobiernos corruptos que se dedican a expoliar a sus súbditos, ante la indiferencia occidental; y si nuestra conciencia tierna y pura no acaba de conformarse con razones tan elementales, añadimos a la lista las multinacionales que rapiñan la riqueza de los países subdesarrollados, los turbios manejos de la plutocracia internacional y los sórdidos intereses geoestratégicos de las potencias occidentales. Pero nuestra conciencia nunca se atreve a reconocer que, detrás de todo esto, está nuestro ‘modo de vida’, ese eufemismo que suelen emplear los cínicos para designar la burbuja profiláctica, hecha de bulimia consumista y atonía espiritual, en la que vivimos. una burbuja que se nutre vorazmente con las calamidades de esos niños que nos desgracian la siesta, que necesita esas calamidades para seguir alimentando sus fauces y triturando almas.

Nuestro ‘modo de vida’ está en el origen de esas calamidades; y no solo de las que matan el cuerpo, tan visibles en esos niños famélicos cuyas imágenes nos desgracian la siesta, sino también de las que matan el alma, tan invisibles y, sin embargo, tan constitutivas y medulares en nuestras sociedades de conciencia tierna y pura. Pero como nos han sobornado con un ‘modo de vida’ que, para mantenerse, exige que otros padezcan calamidad, nos conformamos con nuestra compasión preventiva y simbólica. ¿Dónde hay que ingresar esos eurillos para apadrinar a un niño famélico?