¿Y qué hacemos nosotros?

Hace un par de semanas, publicábamos aquí un artículo titulado ‘Conciencias tiernas y puras’, en el que afirmábamos que la causa de las calamidades que afligen a esos niños famélicos a los que apadrinamos por unos eurillos se halla en nuestro ‘modo de vida’, en la ‘inmoralidad estructural’ o ‘ambiente vital monstruoso’ en el que vivimos tranquilamente, como si no pasara nada. Un amable lector, Francisco Manuel Rasero, interpelado por mi artículo, me inquiere. ¿Y qué podemos hacer nosotros, qué deberíamos hacer? Vivimos en una sociedad, en un país, en un pueblo o una ciudad con unas costumbres, una forma de vida, unas necesidades. Yo también me pregunto muchas veces qué podemos hacer. Pero ¿dejamos de alimentar y educar a nuestros hijos, o de proporcionarles las necesidades propias de su entorno. practicar un deporte, aprender un idioma, salir con sus amigos? ¿Nos privamos de ese viaje, si nuestra situación económica lo permite, que planeamos todo el año, o nos privamos de nuestro coche que necesitamos para ir al trabajo? ¿De qué tenemos que privarnos? ¿Volvemos a los tiempos de las privaciones, del hambre, de los sacrificios, en los que rezar en familia era nuestro consuelo? ¿Cómo arreglamos los problemas del mundo nosotros? .

Y concluye su misiva Francisco Manuel pidiéndome respuestas concretas a su pregunta, petición que no puedo cumplir, pues yo no soy quién para hacerlo. Aunque, curiosamente, en su propia misiva hallo algunas pistas para esa concreción que me solicita. No creo, por ejemplo, que imponerse privaciones y sacrificios o rezar en familia sean acciones desatinadas en ese esfuerzo por cambiar nuestro ‘modo de vida’ (por el contrario, se me antojan un excelente comienzo). En otro sentido, la obligación de un buen padre es alimentar y educar a sus hijos, permitiéndoles que practiquen un deporte o que salgan con los amigos; en cambio, creo que es lenidad de mal padre comprar a sus hijos equipamientos deportivos caros o sufragarles la borrachera del fin de semana. Pero sospecho que mi corresponsal no se cuenta entre los padres funestos que malcrían y corrompen a sus hijos; de modo que resultaría grotesco abundar en consejos superfluos.

En mi artículo señalaba que nuestro ‘modo de vida’ se asienta en una ‘inmoralidad estructural’; lo que significa que tal inmoralidad no podemos cambiarla nosotros solos (y cualquier empeño solitario en este sentido resultaría quijotesco, amén de inútil), aunque tenemos la obligación de poner todas las chinitas que podamos en los engranajes del sistema, sobre todo cuando su inmoralidad requiere nuestra colaboración, convirtiéndonos en agentes de injusticia para otros. Pero el primer paso para enfrentarse a esta ‘inmoralidad estructural’ consiste en identificarla o reconocerla como tal; cosa que una inmensa mayoría social ha dejado de hacer, porque su conciencia ha sido anestesiada por las diversas morfinas que tal ‘inmoralidad estructural’ le suministra. En el fondo de dicha inmoralidad se halla aquella distinción que Aristóteles establecía entre ‘economía’ y ‘crematística’; o, si se prefiere, entre vivir sin mesura y vivir honestamente. entre adquirir los medios precisos para satisfacer las necesidades ordinarias y aumentar ilimitadamente los medios para satisfacer todos los apetitos, en especial lo que Aristóteles llama ‘placeres corporales’.

Para Aristóteles, vivir honestamente consistía en vivir conforme a lo que la naturaleza nos inspira, y no conforme a apetitos desordenados. Pero el capitalismo, al introducir el concepto de ‘bienestar’, trastocó por completo el sentido de una vida honesta, que ya no sería aquella que satisface las necesidades ordinarias, sino aquella que se rige por el (falso) ideal de máxima producción y máximo consumo. Así, las necesidades espirituales del hombre (que son las únicas ilimitadas en una vida honesta, una vez que las necesidades materiales básicas han sido satisfechas) fueron suplidas por este concepto nefasto de ‘bienestar’, que aspira a suplir las necesidades espirituales del hombre por falsas necesidades materiales que, a la postre, lo convierten en un mero instrumento de producción, a la vez que en un consumidor voraz y compulsivo.

En definitiva, esta ‘inmoralidad estructural’ postula un crecimiento ilimitado de la riqueza, destinado al goce ilimitado de la vida. Solo que como la riqueza no puede crecer ilimitadamente (el dinero no se ordeña como si fuera una vaca, ni procrea como si fuese un conejo), ese goce que nosotros experimentamos se obtiene, inevitablemente, a costa del sufrimiento de nuestro prójimo, visible o invisible.