El club de los perros verdes

Gracias a mi amigo Carlos Perreau he conocido el Círculo de El Manifiesto. Uno que se autoproclama social y políticamente incorrecto y cuya meta es intentar que la cultura vuelva a ser un referente en la vida de las personas. No una flor en el ojal ni un adorno de papanatas, tampoco una palabra más o menos vacía que todos invocan como un mantra, y mucho menos una mercancía de tanto cuestas tanto vales, tal como ocurre con frecuencia en el mundo del arte, sino un eje central en sus vidas. Al igual que sucede con otros círculos europeos, la idea es recuperar los valores culturales de esta vieja Europa nuestra contraponiéndolos a otros propugnados por la sociedad de las prisas, esa que demanda satisfacciones tan inmediatas como epidérmicas. Por supuesto no se trata de un grupo de nostálgicos que intentan negar la modernidad. Nadie pretende restarle méritos a la tan mentada globalización, que hace que seamos un mundo conectado y, por tanto, solidario que ha ayudado a crear riqueza y que se moviliza más rápida y fácilmente que nunca antes en la historia cuando ocurre una tragedia como la de Filipinas, por ejemplo.

Pero precisamente esa misma globalización e interconexión de la que todos nos beneficiamos tiene como efecto colateral una pérdida de referentes. Vivimos en un mundo en el que la gente viste idéntica camiseta Nike, come idéntica hamburguesa Big Mac o escucha la misma canción de Madonna en Madrid o en Pekín, en São Paulo o en Moscú. Y eso indudablemente tiene su lado positivo y aglutinador. Pero, según ha señalado no hace mucho un estudio sociológico elaborado por la Universidad de Oxford, la gente precisa referentes cercanos, de modo que se produce, a la vez, una especie de vuelta a la tribu. Eso explica, siempre según este mismo estudio, el auge en los últimos años de actitudes intransigentes amparadas en la religión, como el fundamentalismo islámico, por ejemplo, y también el reverdecer de los nacionalismos. Curiosa paradoja, por tanto, que lo que nos globaliza y nos une sea también lo que nos separe. Ante esta situación es interesante descubrir que existen propuestas que, lejos de propugnar una vuelta a la tribu, lo que buscan es recuperar los llamados valores europeos, nuestros referentes más propios. En otras palabras, nuestra cultura, la de Leonardo y la de Cervantes, la de Montaigne y la de Hume, la de Spinoza y la de Kafka. Con esa idea, El Manifiesto organizó hace unos días una cena coloquio con uno de los escritores más talentosos que he tenido ocasión de conocer últimamente. Se trata de Mauricio Wiesenthal, un europeísta convencido, con el que intentamos dar respuesta a la siguiente pregunta. ¿pueden la cultura, el arte, el pensamiento rescatarnos de la situación de desesperanza en la que nos encontramos en este momento? Se dice con frecuencia que las crisis comienzan con un desmoronamiento de los valores.

Así ha ocurrido en la caída de los diferentes imperios, tanto el romano como el otomano o el chino. ¿Qué se puede hacer entonces para poner el pensamiento en el centro de nuestras vidas? Fue interesante escuchar las palabras de Wiesenthal, un escritor tan de culto como políticamente incorrecto. Pero más interesante aún fue ver el completamente inesperado número de personas que se apuntaron a la convocatoria. Tantas que, días antes de la fecha convenida, tuvimos que cerrar el plazo de admisión porque no cabíamos. Yo, que siempre me he considerado una especie de perro verde y que rara vez hablo de nada que pueda parecer culto porque pienso que la gente no tiene especial interés por esas cosas, estaba asombrada. ¿Será verdad, como dicen algunos optimistas bien informados, que tanta banalidad, zafiedad y friboludez como ve uno a diario están a punto de producir un cambio en la sensibilidad general? ¿Es posible que estemos llegando a un punto de inflexión? Aquella noche, ante tanto perro verde igual que yo, me hice la ilusión de que puede que así sea.