El gordo ese

Un amigo dedicado a la persecución de delitos telemáticos me ruega que denuncie en los tribunales algunas de las injurias y calumnias que contra mí se profieren en la interné, al parecer de una truculencia y bestialidad intimidantes; cosa que, por supuesto, no pienso hacer. A nadie le gusta ver su fama y su honra convertidas en orgiástica escupidera de miserables. pero, cada vez que alguien me escarnece salvajemente, recuerdo que soy un bienaventurado; y me consuelo pensando que todo ese vómito de vituperios tiene un sentido expiatorio, en penitencia por los muchos errores cometidos en el pasado, cuando por petulancia, ardor juvenil o imprudencia temeraria o simplemente por las incitaciones de intoxicadores sin escrúpulos que entonces se presentaban como mis benefactores escribí o manifesté extremosidades de las que ahora me avergüenzo y arrepiento. Confesaré que, mucho más aflictivo que ese vómito de vituperios, es el silencio taimado de los que en otro tiempo me daban palmaditas en la espalda; y que, viéndome suficientemente exprimido y ordeñado, me han arrojado a la cuneta. Convertirse en el payaso de las bofetadas también tiene sus enseñanzas provechosas aunque desconsoladoras sobre la naturaleza humana.

Me resulta muy llamativo que el insulto más repetido en estos aquelarres difamatorios sea siempre ‘gordo’ (y otros denuestos más chabacanos de su mismo campo semántico), porque mi gordura nunca me ha causado ningún tipo de trauma; más bien al contrario, pues mi aspiración primera en la vida es parecerme a Chesterton, ya que no en el talento, al menos en la planta. En el último aquelarre del que mi amigo me ha dado noticia, un miserable colgó en Instagram una fotografía que él mismo me había hecho subrepticiamente, mientras viajaba en metro, leyendo un libro (cosas ambas que habitualmente hago); si hacerle una fotografía a una persona sin su conocimiento, aprovechándose de su desvalimiento mientras está ignorante del acecho es ya de por sí sobradamente abyecto, el propósito del fotógrafo clandestino aún lo era más, pues se trataba de escarnecer al ‘gordo ese’, para que a continuación una legión de miserables como él se pusieran las botas entrando al trapo. Según me contó mi amigo, la fotografía tuvo un tráfico apabullante; y le extrañó sobremanera que ningún ‘admirador’ con tribuna me hubiese defendido paladinamente entre el lodazal de exabruptos que la fotografía generó. A mí, en cambio, no me extrañó nada en absoluto; pues, como digo, he aprendido mucho sobre la naturaleza humana. Escribió Gracián que el hombre nace engañado y muere desengañado, así que mi muerte debe de andar muy próxima.

Quien me defendió paladinamente fue Alberto Olmos, un magnífico escritor con el que jamás creo haber cruzado palabra; y que, además, podría considerarse que se halla en las antípodas de mi manera de ver el mundo y la literatura. Fue el suyo un gesto de una nobleza espontánea que le honra; y que hoy quiero celebrar aquí, porque nada le obligaba a ser mi Cireneo. En una entrada de su blog Hikikomori, Alberto Olmos escribió. La hijoputez, nuevamente, justificada, impune, la misma avilantez de siempre (me suena más exacto que maldad, avilantez), ese estilete de la ofensa que parece buscar clavaduras, los puntos ciegos de lo políticamente correcto los homosexuales, no; los calvos, sí; las mujeres, no; los gordos y las gordas, sí, como sucede, ay, en esa foto que me envían (y por qué me la envían. ¿para compartir bilis, risas infames?), la imagen de un escritor [ ] tomada subrepticiamente en un transporte público. [ ] el autor de la foto ya lo califica, en su línea descriptiva, como ‘el gordo ese’, dando pie en la sección de comentarios a más ‘gordo’ y ‘más barriga’ y hasta a varios ‘hijo de puta’ (hijo de puta por ser gordo, se entiende), y tanto el fotógrafo subrepticio como sus palmeros no parecen temer por la imagen que ellos mismos están ofreciendo al mundo (pues si la foto me ha llegado a mí, a cuántos no habrá llegado), sedadas sus conciencias porque, en definitiva, es de un reaccionario de quien nos estamos riendo (no tendrían cojones para hacer esto con una ministra socialista, una lesbiana, un portavoz de algún movimiento social. no); sin embargo, lo que la imagen muestra, lo que la fotografía perfila (cuando tantos opinadores y escritores progresistas ha conocido uno que no han tomado nunca el autobús o el metro, pues hasta para comprar el pan llaman a un taxi) es a un hombre que lee buenos libros y usa el transporte público .

Querido Alberto Olmos. si Diógenes estuviera vivo, en ti hoy habría encontrado al fin al hombre que buscaba y nunca halló.