Soñar con lo posible

El otro día tuve oportunidad de ver en YouTube una conferencia de Alain de Botton, un joven escritor y filósofo que posiblemente ustedes conozcan, porque se ha convertido en una estrella de la Red con millones de visitas. Se ha embarcado en una interesante cruzada, la de sacar de los viejos filósofos y pensadores enseñanzas útiles que aplicar a la vida diaria. Lejos de los bobos libros de autoayuda y de todos esos predicadores que entontecen a sus lectores con obviedades y topicazos, De Botton utiliza sus conocimientos filosóficos para dar otro enfoque a los retos, problemas y carencias con las que uno se enfrenta habitualmente. Una de las muchas reflexiones que me interesó fue la que hace sobre las milongas que nos intentan vender sobre el concepto éxito. Señala De Botton que en el mundo actual, tal vez influidos por el famoso american dream (el sueño americano), hemos llegado a creer que todo a lo que aspiremos es posible. Con solo proponérselo, un joven, por ejemplo, puede convertirse en un nuevo Bill Gates, en Rafa Nadal, en Madonna o incluso (en el supuesto caso de desearlo) en la tonta de Paris Hilton, que se forra solo con aletear sus pestañas. Lo primero que habría que señalar es que la idea de que todo es posible es algo reciente en la historia. Hasta hace poco, la gente se conformaba con descollar en su entorno más cercano. Superar al padre cumpliendo su sueño de tener una carrera universitaria, por ejemplo; hacer más dinero que sus amigos del colegio; ser el mejor agricultor/herrero/abogado/médico/etcétera de su pueblo o ciudad. La felicidad, por tanto, estaba más cerca o, lo que es lo mismo, la frustración más lejos. Y es que, a poco que uno reflexione, se da cuenta de que las posibilidades de ser Bill Gates, Nadal o incluso la tontalaba de Paris Hilton son, estadísticamente, tan remotas como que le toque la bonoloto. Tal vez por eso los autores de libros de autoayuda, que no son Einstein pero tampoco se chupan el dedo, se han dado cuenta de que existen para ellos dos filones. Uno es escribir libros que hagan creer al lector que es un ser excepcional, capaz de conseguir todo lo que se proponga; el otro es suministrarle consuelo. Es decir, venderle otros libros que lo ayuden a sobrellevar la frustración de no haber logrado su sueño. Porque, según este planteamiento de que el éxito está al alcance de cualquiera, no importan las circunstancias, solo el deseo de alcanzarlo, es evidente que quien no lo obtiene no tiene a nadie más que a sí mismo para echarle la culpa, merecía fracasar.

¿Qué hay que hacer entonces? ¿Conformarse con ser un mediocre, aceptar la derrota, decir que las uvas están verdes? A mi modo de ver, lo ideal es cambiar de foco. Para empezar, no es nada seguro que las personas que alcanzan lo que en nuestra sociedad se considera éxito (y que está muy relacionado con el dinero) sean más felices. Porque este viene indefectiblemente acompañado de una sensación de vértigo, de desasosiego y pavor a que un día nos abandone. Y luego habría que redefinir qué es el éxito. ¿Es que a uno lo admiren? ¿Lo envidien? ¿Lo teman? ¿O es tal vez conseguir estabilidad, serenidad, tener la convicción de haber hecho bien las cosas importantes de la vida, como trabar relaciones afectivas satisfactorias, tener amigos, crear una familia? La respuesta me parece obvia. Por eso es interesante que personas inteligentes como Alain de Botton (o cualquiera con un mínimo de sentido común) recuerden que, en la sociedad actual, entre todos hemos hecho una película con esto del éxito. Y es que este y por extensión la tan traída y llevada felicidad está exactamente donde uno quiera situarlo. Si lo coloca lejos y en metas inalcanzables estará ahí, en la estratosfera, en las tinieblas exteriores. Por el contrario, si lo sitúa más cerca, tal como ocurría en generaciones anteriores, y sueña con lo factible, con lo posible -que no por eso tiene menos valor-, las posibilidades de alcanzar un equilibrio, una satisfacción, serán mucho mayores. ¿O no?