Magos

Esta es la noche en la que los españoles -y otros pueblos hermanos del tronco hispánico- miramos la historia humana con ojos de sencillez y con la gozosa ingenuidad de los niños. Esta es la noche en la que, a semejanza de aquellos magos de Oriente que obsequiaron al niño nacido en una cueva de Belén, nuestros niños son agasajados como merecen, pues sabemos bien que dentro de ellos se cobija la esperanza invicta del mundo; y que solo haciéndonos niños como ellos podremos soportar las penurias y estragos que nos acechan y envilecen.

Difícilmente encontraremos otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía como la historia de aquellos magos venidos de Oriente. Mateo, el evangelista, habla, en efecto, de magos, no de reyes. No nos revela sus nombres, tampoco nos dice cuántos eran; nada nos dice de su procedencia concreta, ni expresa si eran o no de distintas edades o razas. La tradición ha ido tejiendo, con posterioridad, el rico fondo sobre el que se mueven las figuras de los magos. El título de ‘reyes’ parece datar del siglo VI; y en el siglo VII ya encontramos los primeros textos en los que figuran los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. El número de los magos ha oscilado según las tradiciones -en Alemania una vez escuché una hermosa leyenda en torno a un cuarto mago, llamado Artabán-, pero ya en las primitivas representaciones de las catacumbas romanas suelen ser tres. Y, respecto a su procedencia, prevalece la opinión de que pudieron venir de Persia. Seguramente pertenecerían a la casta sacerdotal; y poseerían grandes conocimientos filosóficos y astronómicos. La palabra ‘mago’, según el sentido de la época, envolvía el concepto de hombre investido de autoridad, sabio y astrónomo. Si los magos ostentan la representación de la humanidad, una vieja tradición quiere que Melchor represente a Europa y a la raza de Jafet; Gaspar, a Asia y a los hijos de Sem o semitas; Baltasar, a África y a los descendientes de Cam. Los dones simbólicos que ofrendan al niño reconocen su divinidad -incienso-, su reinado sobre los hombres -oro- y también su humanidad -mirra-, que habrá de sufrir mucho para completar su misión en la tierra. Sobre la estrella que los guió hasta Belén se han probado muchas explicaciones; no faltan quienes consideran que podría tratarse de un fenómeno astronómico -tal vez una conjunción de los planetas Júpiter, Saturno y Marte-, pero tales explicaciones científicas no deben oscurecer el sentido profundo de este signo del cielo, que nos habla de un trastorno del cosmos; y eso, en definitiva, es lo que celebramos en esta noche, comportándonos nosotros también como niños y dejando que sean los niños el centro del universo.

Los niños, como los poetas, son dueños de las imágenes que alborozan la fantasía humana. Los niños, como los poetas, tienen una imaginación vivísima y unos ojos limpios de legañas con los que pueden llegar a gozar intensamente de sueños que los adultos ni siquiera somos capaces de concebir. Es cierto que los magos de Oriente vienen también para los adultos; pero los adultos, en el fluir precipitado y doloroso de la vida, hemos bebido demasiados cálices de amargura, nos hemos enfrentado con demasiados fracasos y nos hemos dejado en la gatera demasiados pelos para podernos abrazar plenamente a los sueños que un día iluminaron nuestra infancia. En estos tiempos tan duros, en que el azote de la crisis económica nos torna más conscientes de nuestra fragilidad, la festividad de los Reyes Magos cobra una relevancia muy significativa. Los regalos de los magos serán este año seguramente más modestos que en años anteriores; pero esa misma modestia de los regalos agiganta y embellece la verdad profunda que esta fiesta guarda en su meollo, como un carbunclo encendido. Porque cuanto más pequeño es el regalo simbólico, más patente se hace el regalo de esos niños que combaten nuestras rutinas con su curiosidad incesante e iluminan nuestra modorra con sus sueños alborozados, aun en medio de ahogos y penurias.

La saturación de materialismo que hemos padecido en años pasados quizá nos haya hecho olvidar esta verdad profunda. Ojalá las estrecheces que en este tiempo estamos pasando nos devuelvan a los españoles una certeza que, durante siglos, acompañó a nuestros antepasados, ayudándolos a afrontar los más difíciles trances. la certeza de que Dios está entre nosotros, visible a través de los niños que nos rodean, los niños que día tras día acérrimos e inasequibles al desaliento siguen trastornando el universo con su curiosidad incesante.