Tony Manero y la 14 unidad de FF.CC.

Hace cerca de 130 años fue creado en España por real decreto el Batallón de Ferrocarriles. Eran cuatro compañías, dos de Vías y Obras y dos de Explotación que, con el tiempo, fueron llamadas Regimiento de Zapadores Ferroviarios y Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles, respectivamente. El segundo, en sus modalidades de Movimiento y Tracción, ha sido la mayor escuela de formación profesional que hemos conocido y la más útil a la sociedad española. Formación militar y técnica que llevó a esos hombres a integrarse a Renfe, Adif, Feve y Metro. usted los verá en el interior de las máquinas que le transportan por los raíles españoles y en los diversos lugares que conforman una estación o un tren, desde una taquilla hasta un puesto de interventor. Son gente magnífica y admirable. Y, además, Tony Manero estuvo con ellos y entre ellos.

Corría 1977 y su vida se estrenaba en celuloide y en realidad. El peine le asomaba por la comisura del bolsillo trasero del pantalón ajustado, ese que se sujetaba con amplia correa de cuero y que combinaba con camisa de amplios cuellos y vuelo -cual si fuera a despegar mediante su aleteo-, brillante como una luciérnaga y ajustada como una goma. Manero, es sabido, sirvió en FF.CC., 14 Unidad, Plaza de Armas de Sevilla, centro de formación secreta de Tropas Especiales. Manero tenía sus peculiaridades. desfilaba bajo los sones de Staying alive, como en los primeros compases de Fiebre del sábado noche, y trataba de evitar gorras que aplastasen su exuberante y alzadísimo tupé. Por lo demás, todo era entrega, sacrificio y riesgo. aprendió a disparar a objetos móviles desde los techos de una locomotora a velocidad cambiante -sin posibilidad de fallo-; a cruzar por entre las ruedas de vagones en marcha, de lado a lado, con armamento pesado en bandolera; a superar duras pruebas de resistencia como servir de unión entre máquina y vagón y conseguir que este segundo arrancara en movimiento; a detener la lenta inercia de una máquina 7000 apoyado de espaldas al morro de esta y con la sola fuerza de sus piernas; a aguantar hasta el último segundo estirado en una vía ante el paso de un tren a toda velocidad (el que se levantaba antes o con menor diferencia de cinco segundos era obligado a seguir corriendo el convoy durante 50 kilómetros) Es decir, una escuela de tíos de los que se visten por los pies, leyendas vivas entre los ejércitos mundiales, protagonistas de ejercicios de combate que han querido imitar -sin alcanzar- unidades como los célebres Gurkas, los Seal, los Boinas Verdes o los Delta Force. Cuando se habla ante ellos de la 14 Unidad de FF.CC., se alzan firmes como un resorte y se descubren en señal de respeto. Todo ello le sirvió a Manero para forjar un cuerpo fibroso y escultural que ha llegado hasta nuestros días y, especialmente, un carácter de resistencia, estoicismo y virtud que solo se debilita cuando suenan algunos compases de More than a woman interpretados por Tavares y se pone a bailar sobre los raíles como en aquellos años en los que practicaban cien kilómetros de marcha sobre raíl con dos ceniceros de coche BB en cada mano a modo de equilibrio.

Aquellos hombres míticos y entregados se ven de vez en cuando. Saben que el secreto de sus técnicas de formación persistirá mientras vivan y jamás se les pasaría por la cabeza traicionar la historia militar de su unidad. Nombres de referencia en la lucha ferroviaria como Jerónimo Fernández Fuentes o Jorge Gómez Asensio (Jeromo y Jordi como nombres de combate), hoy camuflados en la máquina de algún tren, brindaron hace poco por la memoria de unos años en los que podían levantar entre todos un vagón J con las técnicas aprendidas de sus instructores, Cabello, Viñas, Reixach, el mítico Granados (a su lado, el sargento de La chaqueta metálica era una monjita), Escalera, Graciano, Moreno, Navarro A Manero le mordió la melancolía de un tiempo pasado junto con héroes que siguen ahí, Gaby, Julián, Antoñito el de Cádiz, cuando estos le entregaron una réplica del Guion de su Regimiento. Si ya llevaba a la vieja Renfe en su corazón, hoy la lleva envuelta entre los terciopelos sagrados del dulce estandarte de la memoria.