Apagones de antaño

Durante las semanas pasadas, el folletín de la subida del recibo de la luz (en donde el Gobierno, a semejanza del bravucón del célebre soneto, se caló el chapeo, requirió la espada y permitió que las compañías eléctricas nos la clavasen bien clavada) me ha hecho recordar aquellos apagones eléctricos de la infancia, que en mi memoria tienen una aureola mítica, como de eclipse de sol por lo menos.

Y es que aquellos eran apagones como Dios manda, a diferencia de los que padecemos ahora. Los apagones de hogaño son siempre a traición, sin comunicación previa, y duran solo unos pocos minutos, quizá porque son amagos con los que las compañías eléctricas quieren apercibirnos de que, cuando les pete, pueden dejarnos sin luz durante semanas, si no atendemos sus exacciones. Los apagones de antaño, por el contrario, eran apagones reglamentarios, supervisados por la autoridad gubernativa. se anunciaban con varios días de antelación, y a la gente le daba tiempo a prepararse debidamente, para convertir el apagón en un acontecimiento, puesto que iba a durar varias horas. En los apagones de antaño, por ejemplo, se aprovechaba para descongelar el frigorífico, que ya amontonaba demasiado hielo en las paredes. era una delicia ver cómo aquel pequeño palacio helado empezaba a gotear con ese sonido que tienen los tejados de los países nórdicos cuando llega la primavera; y comprobar cómo los alimentos que dentro de él hibernaban se desentumecían y recuperaban la color, como resucitados por la trompeta del Juicio Final, diciéndonos. Cómeme, cómeme .

Claro que lo más emocionante, en las horas previas, era aprovisionarse de velas, esperando el momento en el que el filamento de las bombillas se teñía de un cálido color anaranjado para enseguida morir, como una pavesa que se extingue. Entonces encendíamos las velas y nos paseábamos a oscuras por el piso angosto, que parecía de repen te mansión lóbrega de una dinastía sobre la que hubiese descendido alguna maldición del cielo. Era una aventura pasear por las habitaciones, tan familiares y archisabidas, convertidas de súbito en cámaras acechantes de peligros (las velas que portábamos en la mano tenían el mismo resplandor que en los cuadros de Caravaggio) donde la luz temblona de la vela convertía nuestras propias sombras en gigantes insurrectos que danzaban poseídos por el baile de San Vito del miedo, quebrándose en ángulo recto sobre las paredes, como si los acabasen de decapitar. Y, mientras duraba el apagón, no sonaba el vómito epiléptico del teléfono, ni la radio nos aturdía con su mosconeo de palabras gastadas, ni el televisor podía ejercer sobre nuestras almas puras su hipnosis degenerada.

El mundo se quedaba ciego y mudo; y bastaba que soplásemos la llama de la vela para que, además, se quedase sin aliento. Y en aquella oscuridad sin resquicios, la vida parecía un dominguillo de alborozo en el que estaban permitidos todos los pecados veniales. el novio podía meterle mano a la novia sin que los futuros suegros se enterasen; los niños en edad escolar podían abstenerse de hacer los deberes sin temor a la reprimenda del maestro; y los viejos podían entrar en la despensa y birlar aquellos dulces que el médico les tenía prohibidos, para después comérselos a hurtadillas, chuperretándolos con fruición.

El progreso material, satisfaciendo automáticamente nuestras necesidades, nos ha convertido en autómatas regidos por la prisa más estúpida y el más majadero de los ajetreos (que es el de quien se ajetrea sin ton ni son), apartando de nuestra cabeza las inquietudes trascendentes. Aquellos apagones de antaño nos permitían cobrar conciencia del silencio y de la soledad; y, aguzando el oído del alma, llegábamos a descubrir que el silencio podía ser rumoroso y la soledad, sonora, y que el eclipse de las luces podía servir para volvernos, escarmentados y doloridos, hacia quien dijo. Hágase la luz . Ahora toda esta magia sería imposible, porque mientras durase el apagón nos pondríamos como locos a manipular todos los cacharrines con batería a nuestro alcance, mandando mensajitos y guasás por teléfono, y la luz de nuestras pantallas táctiles suplantaría el resplandor de aquellas benditas velas de esperma.

Pero aquella era una época en la que, después del apagón, aumentaban los nacimientos. Sospecho que ahora solo aumenten los abortos, según los plazos o los supuestos permitidos por la ley de turno. Cada época tiene sus usos; y los de la nuestra son más bien protervos, aunque ¡por supuesto! muy asépticamente disfrazados de eufórico progreso.