Un tiro en el glúteo

Hace un par de semanas, el cantante Justin Bieber, al que profesan amor verdadero tantas adolescentes que fantasean con que él les arroje chinitas en el cristal de la ventana de su habitación, fue arrestado en Miami mientras participaba en una carrera ilegal bajo los efectos de la marihuana. Cualquier persona con espíritu rector lamentaría el extravío de otro artista joven abocado a las terapias de grupo. Otra víctima de la fama que, como la mantis religiosa, primero te ama y luego escupe tus huesos, al menos cuando careces de la madurez necesaria para gestionarla. Sin embargo, hay un detalle muy significativo. En el retrato de la ficha policial, Justin Bieber sonríe. Podría deberse a que no se hubiera despejado después de fumar marihuana. Pero en esa sonrisa yo he visto satisfacción por un logro conseguido. Como si hubiera cumplido un rito de paso, Bieber ingresa por fin en el prestigioso mural de los artistas fichados por la policía, donde lo aguardaban nombres tan legendarios como los de Frank Sinatra, Mick Jagger, David Bowie, James Brown, Jimi Hendrix o Jim Morrison, que incluso logró que la policía irrumpiera en el escenario para llevárselo delante de su público después de mostrar el pene, totalmente borracho (borracho él, no el pene).

Los Soprano, la extraordinaria serie sobre la mafia de Nueva Jersey, está en parte inspirada por historias reales. Una de ellas es la de un cantante de rap que, pese a su talento, no terminaba de alcanzar el éxito masivo. Como lo convencieron de que su problema era que carecía de una fama de vivir peligrosamente, el cantante contrató a un pistolero de la mafia para que le pegara un tiro cuando estuviera en público. Un disparo que no fuera letal ni provocara consecuencias irreversibles. El tiro se lo pegaron en un glúteo, y él dio las gracias, probablemente aliviado por la profesionalidad del pistolero, que no hizo una chapuza con consecuencias dramáticas.

En su tránsito desde la condición de ídolo juvenil hasta el malditismo pop, Justin Bieber parece llevar mucho tiempo buscando su propio disparo en el culo. Un poco como cuando Miley Cirus, siempre con la lengua fuera, comenzó a frecuentar un erotismo primario, muy de cabina de peep-show. La diferencia es que Justin Bieber, en lugar de contratar a un mafioso que arruinara con una cicatriz su perfección efébica, anduvo provocando a los agentes de la ley, que por fin lo han arrestado, antes de que su espiral de astracanadas se volviera tan peligrosa como para hacerse daño. Es una acepción inocua, con resultado de primera página, del suicidio por policía, diagnosticado así en la Psicología.

En Justin Bieber es apreciable una progresión de malevo repentino que culmina con la detención de Miami. Primero buscó la compañía del boxeador Floyd Mayweather, que le dio trato de mascota, y cuyo cortejo habitual, el Money Team, es una amalgama de tipos duros y barriales cuya sola aceptación ya garantiza una reputación. Son memorables algunas salidas al ring de Mayweather, con el rapero 50 Cent a un lado y, al otro, con Justin Bieber, tocado con unas gafas oscuras y prácticamente doblado por el peso de los cinturones del campeón. Después, Justin probó con algunas travesuras de poco recorrido, tales como escupir a sus fans desde la ventana del hotel. La cosa se puso más intensa cuando comenzó a colgar en Instagram selfies en los que eran apreciables los influjos de la droga y las devastaciones de las fiestas. Íbamos bien, Justin ya casi era un destroyer homologable con el linaje del rock. Pero le faltaba el ritual del arresto. La policía tal vez le haya salvado la vida al concedérselo antes de que las tonterías se volvieran aún más temerarias. Ya puede ir tranquilamente a la clínica de desintoxicación, que es el paso siguiente según manda el reglamento de la estrella del pop.

Lo que celebro es que el periodismo no exija excesos semejantes. Francamente, no hay en mi agenda nadie a quien se le pudiera encargar con garantías un disparo en el glúteo.