En contra del beso

Acabamos de sobrevivir a la fecha que los estrategas del consumo eligieron para saquear los ahorros de quienes padecen el sarampión del amor romántico. San Valentín, si la memoria no me engaña, fue despedazado por los leones de algún circo romano cuando ni siquiera había probado las dulzuras de la carne, pero la grosería mercantilista, que no repara en estas incoherencias, lo ha erigido en patrono de los enamorados. Yo creo que esta festividad tan empalagosa fue concebida por comerciantes astutos que deseaban rematar esas maulas que se resisten incluso a la voracidad navideña y a la histeria de las rebajas. El entontecimiento causado por el virus del amor fomenta los timos más descarados y rocambolescos. a un recién enamorado se le puede colocar, por ejemplo, un frasco de pachulí rancio, asegurándole que la aspereza de su fragancia se debe a la inclusión entre sus ingredientes de unas raspaduras de cuerno de rinoceronte; y el recién enamorado, atufado por los efluvios del pachulí, lo creerá religiosamente. No quisiera, sin embargo, convertir este artículo en una filípica contra el consumismo, pues ya suficiente fama tiene uno de anticapitalista cavernícola. Mi propósito no menos inmodesto consiste en convencer a mis lectores de los efectos perniciosos del beso, ese melindroso fruncimiento de morritos con el que los enamorados acompañan el intercambio de ternezas y de saliva.

Comenzaré aduciendo un argumento antropológico que, sin duda, promoverá la adhesión de las feministas militantes. Para explorar los antecedentes del beso, hemos de remontarnos cientos de miles de años, cuando los homínidos que nos precedieron en la pirámide evolutiva aún ostentaban rasgos simiescos y se interpelaban mediante gruñidos (según las rigurosísimas reconstrucciones que nos brinda la arqueología recreativa, cada vez que desentierra un molar o un menisco). Al parecer, las mamás homínidas masticaban la comida hasta convertirla en papilla; y luego se la pasaban a sus hijos recién nacidos, mediante el sistema del boca a boca. Este gesto, tan cariñoso como guarrete, lo extendieron luego las mamás homínidas a su trato con el macho dominante en la manada, como símbolo de adulación y sometimiento (esto resulta más dudoso, pues como bien se sabe el sometimiento de la hembra es un invento maléfico del cristianismo), sustituyendo la comida triturada por un buchito de saliva que el macho deglutía magnánimo, como expresión de su supremacía sobre la hembra, que luego remachaba al fondo de la cueva. Todavía hoy, nuestros hermanos de sangre los chimpancés y orangutanes practican este gesto de acatamiento; también, por cierto, nuestros parientes colaterales los peces de pecera, solo que en este caso confunden la pared de su encierro con la parienta, porque están un poco cegatosos.

Así que ya ven cómo el beso, bajo su apariencia de arrumaco inofensivo o antesala de fricciones más pecaminosas, encubre -¡horror!- un atavismo que simboliza la sumisión de la hembra al varón. La abolición del beso, como la implantación obligatoria del sistema paritario en el reparto de mamandurrias políticas, debería figurar entre las reivindicaciones innegociables de toda sociedad civilizada. Pero no concluye aquí nuestro alegato contra el beso, pues como no podía ser de otro modola ciencia médica viene enseguida a sumarse a la ciencia darwiniana. Según estudios realizados en la Facultad de Medicina de Estocolmo, la saliva que se segrega durante los diez segundos que duran los besos más calenturientos contiene 350 colonias de bacterias; y esto suponiendo que los besucones se hallen en perfecto estado de salud. Este ejército bacteriológico (ríase usted del armamento sirio) se incrementa en proporción geométrica si alguno de los actores del drama padece enfermedades tan veniales como la caries o el catarro. Por si no bastase con este trueque de microbios, en cada beso, mezclado con la saliva, asestamos a nuestro partenaire casi un miligramo de grasa, cantidad en apariencia insignificante que, entre individuos propensos al morreo (como yo mismo, de ahí que me haya puesto tan gordo), puede llegar a exigir ímprobos sacrificios dietéticos.

Y si aún faltase algún lector reacio a acatar los argumentos de la ciencia, le recordaremos que los mandatarios soviéticos, como expresión de hospitalidad, saludaban a sus invitados con un beso en la boca, gesto que los analistas más supersticiosos no han vacilado en vincular al derrumbamiento del comunismo. Si sumamos esta enseñanza de la Historia a las razones de higiene y paridad sexual arriba expuestas, convendremos en que el beso debe ser erradicado sin contemplaciones.