La otra muerte del Zorro

Hay eslabones generacionales con los que se dilapida una fortuna familiar, con los que quiebra un negocio que se mantuvo próspero durante décadas. Ejemplares de un final de raza, de una fatiga. Herederos fallidos a los que faltó el impulso de quien tiene algo que construir. Uno de los mejores amigos que tuve cuando viví en Buenos Aires era así. No es que hubiera recibido en herencia un imperio metalúrgico, como en la falsa aristocracia industrial de los Estados Unidos. Pero sí un negocio de cosméticos y pelucas situado en un amplio local de tres pisos en la avenida de Santa Fe por el que pasaban todas esas señoras bien que ocupaban las conversaciones frívolas de Bioy y Borges. El nombre del negocio, que ocultaremos en un falso Pígari, era una referencia social. qué novia con pretensiones no iba allí a que la produjeran mesnadas de maquilladoras y peluqueros.

Cuando lo recibió mi amigo, el establecimiento se convirtió en un anacronismo. Jamás renovó nada. Aquello era un bucle espacio-temporal con una clientela cuya media de edad iba lindando con la de un politburó. Cada vez se hizo más frecuente, al llamar para confirmar una cita, que el establecimiento se encontrara con que tenía que enviar a alguien a un funeral. Las hijas y nietas de las clientas habituales encontraron otros lugares, más alternativos, en barrios como Palermo-Soho. El último momento emocionante fue cuando un famoso forajido que acababa de balear a tres personas por un asunto de faldas en un restaurante de San Isidro, y que era acechado en una inmensa búsqueda nacional, entró en Pígari para comprar una peluca con la que disfrazarse en su huida. Yo sugerí a mi amigo que lo aprovechara para relanzar el negocio con una audaz campaña de publicidad. Crimen de San Isidro. Los profesionales eligen pelucas Pígari , o algo así. Pero él no lo vio, tal vez porque lo inquietara la posibilidad de que la clientela relacionada con los eventos sociales y los barrios buenos se le cambiara por otra procedente de los prófugos del hampa, que no justifica el sueldo de las pedicures.

Mi amigo entró en un estado depresivo. El negocio agonizaba. Una parte periférica de la familia quería arrebatarle los restos en los tribunales. Comenzó a beber y a visitar a un psicoanalista. Estaba tan atrapado en una inercia fatal que, cuando a su novia le pidió como regalo de cumpleaños hacer un trío, ella lo abandonó para marcharse con la voluntaria. Aún más triste, en el bar donde nos lo explicó a los amigos, que hacíamos solidarios esfuerzos por contener la risa, comenzó a mortificarse en serio. Las mujeres que intiman conmigo huyen despavoridas al lesbianismo. ¿Qué voy a hacer? Si al menos hubiera tenido valor para reducir al asesino No lo tuve ni para cobrarle la peluca .

Este era el momento vital de mi amigo cuando aceptó la invitación a una fiesta de carnaval en La Plata, a unos cincuenta kilómetros de Buenos Aires. Eligió un disfraz del Zorro, con sombrero de ala ancha, antifaz y espada al cinto. Con una prominente barriga que abombaba la estampa heroica. Así vestido, entró en la misma carretera en la que se mató el cantante Rodrigo y condujo ante un paisaje de Villas Miseria, bebiendo de una petaca. En las afueras de La Plata, paró el coche en una gasolinera para comprar tabaco. En Argentina hay mucha paranoia con la inseguridad, por lo que alguien avisó de que un hombre armado y enmascarado estaba asaltando la gasolinera. Al salir, mi amigo se encontró con que estaba encañonado por dos policías que se cubrían detrás de las puertas del patrullero. Desenvainó. Gritó. ¡No oséis tirar! ¡Soy el Zorro! .

Tuvo suerte de que los policías no fueran de gatillo nervioso. Mientras nos relataba el episodio en el bar habitual, sin que esta vez nadie intentara contener la risa, todos fuimos comprensivos cuando nos explicó que, por un instante, prefirió morir como el Zorro a vivir como el tipo al que Hacienda iba a precintar el negocio heredado que arruinó. Ojalá no hubiera devuelto el disfraz.