El hombre averiado

Soy consciente de que los dos métodos más eficaces para aburrir a los demás son las diapositivas de las vacaciones (y/o la boda) y las historias de la mili. Aun así, y prometo que será excepcional, hoy hablaré de alguien a quien conocí en el cuartel y en quien sigo pensando veintidós años después.

Hice la mili en la sierra de Madrid, en un cuartel poco operativo, sin incitaciones épicas, en el que recalaban muchos niños bien a los que una llamada de teléfono de papá procuraba un destino compatible con los estudios universitarios. Lo único emocionante eran los jabalíes que en invierno bajaban a hozar entre los cubos de basura y un teniente que, borracho, y con la compañía formada, arrió la bandera española e izó la del Atleti en el patio de armas cuando Futre y Schuster ganaron una final de Copa al Madrid y en Chamartín. Entre muchos reclutas, de origen urbano, había cierta suficiencia intelectual, se burlaban de la alienación jerárquica y de circunstancias incomprensibles, como no poder pegarse chapuzones en verano porque la piscina estaba arrestada. Alguno se buscó la inquina de un suboficial por hacerle correcciones sintácticas con las que mejorar los exabruptos. Vamos, como levantar el dedo para decirle al sargento de La chaqueta metálica que había cometido un error de concordancia al gritar entre perdigones de saliva que en Milwaukee solo hay vacas y maricones. No éramos precisamente el pelotón de Spengler. También había soldados que procedían de un ámbito rural.

Llamémoslo Carlos. Tenía las mejillas arreboladas y era gallego, de una aldea interior de la que salió por primera vez para servir en el ejército. El primer madrileño que conoció en la misma estación le estafó su dinero, y en la compañía hubo colecta pasar la gorra para reponérselo, al menos en parte. A Carlos me lo encontré una vez encerrado en una cabina de teléfonos, como López Vázquez, porque no sabía abrir la puerta de acordeón. En otra ocasión despertó a toda la compañía en plena noche porque se puso a tocar una gaita. Furioso, el sargento lo abroncó y amenazó con todas las penalidades de una cuerda de presos. Es que tengo morriña , respondió, con tal candor que el sargento le palmeó la espalda. Vamos, hombre, anímate, que pronto saldrás de permiso . Nadie se reía de Carlos. Ni siquiera los mesías (que no me quedan meses, que me quedan días). Pero tampoco nadie quería estar cerca de él cuando probara un Cetme.

No llegó a disparar. Después de unos exámenes psicotécnicos, en una época en la que el ejército estaba muy concienciado contra los suicidios, Carlos fue declarado no apto para el servicio y despachado a casa. Lo vimos partir, bromeando con que era un genio si todo lo había fingido para librarse, y pensando que nada volveríamos a saber de él. Pero unos días después, yo estaba en la oficina y escuché una conversación telefónica del capitán. Lo llamó, desde la aldea, el padre de Carlos. Estaba indignado. Exigía la readmisión de Carlos. Si Carlos hubiera pisado una mina y regresado mutilado, su padre estaría conforme. Pero los motivos de su licencia, decía, habían llenado de rumores el pueblo. ¡un hombre que no vale para el ejército! El padre dijo que ninguna muchacha querría casarse nunca con Carlos, no con él, no con un hombre averiado al que acosarían los chismes y las sospechas de emasculación psicológica cada vez que apareciera en la verbena. Aclaro que la palabra emasculación no se empleó en la conversación, pero el sentido era ese. Carlos acababa de ser invalidado por el ejército como macho proveedor. El valor, ni se le suponía.

Ninguna novia, ningún familiar de los urbanitas que allí estábamos habría pensado que la forzosa experiencia militar nos acercaba al hombre que debíamos aspirar a ser. No se esperaba de nosotros que fuéramos buenos arrojando granadas de mano, se valoraría más en el futuro que supiéramos escoger el vino en un restaurante. El mundo de Carlos solo lo atisbé en el cuartel, y está lleno de reminiscencias del bisonte.