Tempística, o el loco de la bandera

Cuando yo era joven, se puso de moda un juego tan viejo que sus orígenes se remontan a cinco mil años atrás. En China lo llaman shaugly; en Japón, bansugroku; y en Grecia, por ejemplo, tavli. Supongo que tendrá un nombre español, pero entre las personas con las que yo jugaba entonces se llamaba backgammon. Nunca se me han dado bien los juegos y tampoco este, pero recuerdo que también me sirvió para conocer una expresión que se usaba en inglés y es esta. timing. Según sus practicantes, en el backgammon y por extensión en la vida, puesto que los juegos milenarios (el ajedrez, las damas, etcétera) no son otra cosa que remedos de esta todo es cuestión de timing. Consulto san Google y me dice que timing (en español tempística) es el uso del ritmo, de la velocidad y de las pausas, sobre todo en el teatro. La tempística es fundamental para crear el efecto dramático deseado. Por ejemplo, un mismo chiste contado con exactas palabras por dos personas distintas, puede ser un fiasco o un éxito dependiendo de cosas tan sutiles como las pausas o la entonación. En la vida, la tempística es crucial. Un amigo me lo explicó con un símil militar.

Según él, la diferencia entre el éxito y el fracaso en un negocio, un descubrimiento tecnológico (o incluso en hacer prosperar una idea política o filosófica) es la misma que existe en el campo de batalla entre un abanderado y el loco de la bandera. El abanderado es aquel que va dos pasos por delante del pelotón, un hombre valiente, un referente, un líder. El loco de la bandera, en cambio, es ese fulano pirado al que se le ocurre ir doscientos metros por delante del resto. Nadie entiende qué demonios hace, pues se convierte en blanco fácil, y acaba, por lo general, con un tiro en la frente. Eso es la tempística, calcular cuándo el tiempo está maduro para que nuestros deseos, ideas o postulados tengan mayor oportunidad de éxito. Tal vez donde sea más importante tener buen timing es en las elecciones amorosas. No sé si ustedes han hecho alguna vez el ejercicio yo desde luego sí de pensar que si apenas un par de años antes hubieran conocido a tal o cual persona muy importante en nuestras vidas ni siquiera nos habríamos fijado en ella. Y es que, dependiendo de la situación y de las circunstancias que uno esté atravesando en ese momento, alguien puede convertirse en un gran amor o pasar del todo inadvertido. ¿Quiere eso decir que somos personas volubles y tornadizas que nos enamoramos según nuestra conveniencia? Por muy políticamente incorrecto que suene, la respuesta es sí.

Decía Ortega y Gasset que en el amor la elección no es caprichosa. Puede parecerlo, porque hay parejas sobre las que uno se pregunta, asombrado, qué demonios tienen en común o cómo se soportan. Incluso es posible que ellos mismos no sepan qué es lo que los une a esa otra persona tan ajena a sus intereses o a sus gustos. Pero si uno se autoanaliza sin prejuicios o, lo que es lo mismo, de forma inmisericorde, acaba descubriendo siempre el porqué (otra cosa, naturalmente, es que les guste ese porqué). No somos seres monolíticos, cambiamos de gustos, de prioridades, incluso de afinidades. Cambio, he aquí una palabra que, según y cómo, está muy mal vista. Has cambiado , nos dicen. Ya no eres el mismo , nos echan en cara, como si fuera gran delito. Y, sin embargo, al que no cambia, la vida acaba cambiándolo de todos modos y, probablemente, no como a él le gustaría. El Eclesiastés (o Bob Dylan, si ustedes prefieren) dice que hay un tiempo para todo en esta vida. un tiempo para reír y un tiempo para llorar; un tiempo para abrazar y un tiempo para despedirse; un tiempo para hablar y un tiempo para callar. Y la sabiduría, supongo, como en esos juegos milenarios que se inventaron para ayudarnos a escenificar qué es la vida, consiste en saber qué afán (o qué negocio o, por qué no, qué amor) corresponde al tiempo que estamos viviendo. Dicho de otro modo, no hay que ir ni muy por detrás del tiempo que nos corresponde vivir ni tampoco muy por delante, no sea que nos convirtamos en el loco de la bandera.