¿Cuál es su mejor recuerdo de la figura de Adolfo Suárez?

No recuerdo cuándo vi a Adolfo Suárez por primera vez antes de que, en 1980, me nombrara ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas en su último Gobierno. Me eligió pese a las protestas de alguien bien situado que alegaba mi pasado exilio en Londres como un impedimento para el cargo. Nadie dio importancia al nombramiento. Se trataba de las relaciones del Gobierno de España con la Comunidad Europea que se habían truncado con el anterior ministro y en un momento en el que este tema no interesaba a casi nadie, obcecados como estaban todos con la Transición a la democracia.

El primer gran acierto de Adolfo Suárez fue darse cuenta de que la apertura al exterior era el tema que realmente importaba; la apertura a la democracia habría que hacerla de todos modos, mal y transigiendo, como con la separación de poderes de Montesquieu. El segundo gran mérito de Adolfo Suárez fue buscar contra viento y marea salidas no exploradas todavía en el marco democrático. Por ejemplo, tuvo el valor de mudarse de partido en un país donde nunca nadie quiso cambiar, optando por unas siglas desconocidas como el Centro Democrático y Social. Siempre admiré en él esa valentía en un país anonadado por su pasado en el que, mientras los políticos al uso de la época seguían conspirando, Suárez abría nuevos caminos.

Hay un tercer aspecto de Suárez que merece la pena destacar. deslumbrado por la política, nunca concedió a su vida personal el valor que merecía. Recuerdo una conversación que tuve con él en la que le recordé la conveniencia de atender también el consejo de unos médicos especialistas amigos en los Estados Unidos. Su salud bien valía escuchar otras opiniones, pero él no quiso perder ni un minuto constatando si alguien sabía más sobre el futuro de su salud que sus allegados; lo que le importaba de verdad, lo que lo carcomía por dentro, era la Transición y la apertura del país al exterior.

Cuando ya estaba todo perdido quiero decir la posibilidad de confeccionar la Transición desde dentro, se agarró a procesos diminutos y costosos como la creación de un nuevo partido, como el Centro Democrático y Social. Recuerdo la extrañeza con la que los demás constatamos que Adolfo Suárez había elegido el camino más democrático, pero también el más incierto, para su futuro. la creación de un nuevo partido cuando no había redes sociales para innovar, recurriendo a nuevos amigos que no habían formado parte de su pasado. Era un desafío casi descabellado si no fuera por su reconocida valentía.

No es normal lo que estoy haciendo, pero quiero que te des cuenta de lo que agradezco tu prueba de confianza y de todo lo que podemos hacer me dijo en la única e insólita visita que me hizo en mi domicilio; no he ido a casa de nadie más para agradecerle personalmente la decisión de estar a mi lado . A los pocos días aparecía en toda la prensa la fotografía que representaba el pequeño y último sueño político de Adolfo Suárez su presencia más allá de las fronteras españolas, con los cinco candidatos al Parlamento Europeo de su nuevo partido. Raúl Morodo, Federico Mayor Zaragoza, Eduardo Punset, Carmen Díez de Rivera y Rafael Calvo Ortega. Aquel diminuto sueño, sin incidencia entonces en el escenario político español, señala hoy el único ámbito del que vale la pena hablar. la apertura al exterior y el fin del aislamiento, que tanto daño físico y moral había causado.