Las memorias olvidadas de Pastrana

Andrés Pastrana fue un excelente presidente de Colombia. Basta recordar en qué condiciones tomó el mando del país y en qué otras muy distintas lo dejó. Hombre honrado y de firmes convicciones democráticas, hubo de suceder a Ernesto Samper, el presidente al que los Estados Unidos le habían negado la visa de entrada por sus conexiones con el narcotráfico, y hubo de enfrentarse a la pavorosa situación en la que se encontraba el país. Tres guerrillas una de ellas prácticamente un ejército, narcotráfico, delincuencia desatada, exilio continuado de profesionales civiles de diferentes órdenes y huida permanente de capitales eran algunas de las lindezas con las que tenía que torear. Habría sido un superhombre de haber podido solucionarlo todo, pero sí fue capaz de encauzarlo y apuntar soluciones que han facilitado el gran trabajo que también han hecho sus sucesores. Muchas de esas peripecias las relata en un reciente libro titulado Memorias olvidadas, de lectura obligada para entender unos años vertiginosos y claves en el desarrollo del magnífico país hermano (sí, sí, yo soy de esos que considera a Hispanoamérica tierra fraternal).

Pastrana fue secuestrado por Pablo Escobar, nada menos. Y salió vivo, rescatado por la Policía. El hombre que lo vigilaba durante esos diez días confesó ser responsable de unos cuatrocientos asesinatos. Pastrana no fue uno de ellos por un milagro. No es un mal inicio para el relato. La continuación es demoledora. Pastrana desvela cómo fue alertado por un oficial de los Servicios de Inteligencia de las pruebas que demostraban cómo el narcotráfico financiaba la campaña electoral de su rival Ernesto Samper y desvela también cómo ello no fue publicado por ningún medio informativo en Colombia. Samper venció por estrecho margen en aquella convocatoria y Colombia entró en una espiral de decadencia. Cuando alcanzó la presidencia, Pastrana emprendió un difícil e imposible proceso de paz con las FARC en el que empleó todas sus energías. Hasta tres veces se sentó con Manuel Marulanda Tirofijo en unas muy arriesgadas citas en la selva colombiana. A la par que reformaba y reforzaba al Ejército, el presidente negociaba una paz imposible después de tomar decisiones que le serían muy criticadas, como despejar toda una zona del tamaño de Suiza y dejar a sus anchas a la guerrilla. Finalmente Marulanda no pactó con Pastrana, pero se debilitó su fortaleza internacional y se pusieron las bases para la acción efectiva de las Fuerzas Armadas. Marulanda murió y toda su guardia fue paulatinamente eliminada.

El gran amigo de Colombia se llamó Bill Clinton. Después de que un presidente no pudiera entrar en los Estados Unidos ni siquiera para asistir a cualquier asamblea de la ONU, Pastrana fue recibido y comprendido por Clinton, el cual impulsó el trascendental Plan Colombia de lucha contra el narcotráfico las FARC, por demás, se transformaron en una narcoguerrilla y facilitó una cuantiosa inversión en el país que ayudó no poco a desarrollar la lucha contra una lacra social y política demoledora que tenía a Colombia permanentemente lastrada. Pastrana cuenta, así mismo, cómo propició el que hasta ahora es un único encuentro al máximo nivel de la Administración estadounidense y la cubana. Clinton ya no era presidente, pero se sentó en Cartagena de Indias con el canciller cubano Pérez Roque por mediación del mandatario colombiano. Lo que se dijeron no consta, ya que Pastrana afirma no saberlo, pero el relato del encuentro es interesante. Como lo es también saber por qué Ingrid Betancourt se metió de cabeza en la boca del dragón y fue secuestrada después de haber sido advertida del peligro de un viaje por la selva colombiana. O como lo es conocer la peripecia armamentística del chalado de Fujimori comprando Kalashnikovs a Irán y entregándoselos a las FARC por mediación de narcotraficantes brasileños.

Estas memorias son valientes como su autor y elegantes como su ejecutoria. Y describen la salida del túnel, de un largo túnel, en el que se vio atrapado un deslumbrante y afectuoso país.