Una noche caribeña

Port Elizabeth es una pequeña bahía de la isla de Bequia, una de las que componen las vértebras de las Granadinas. La conecta con Saint Vincent un transbordador desde cuya cubierta podría hacerse prácticas de tiro con los peces voladores, como monedas arrojadas al aire. Cuando llueve, los rastas de las cabañas de cinc, desnudos, se enjabonan para ducharse con el agua evacuada por los canalones de las casas y los hoteles, que son magníficos y justifican el aterrizaje diario en Saint Vincent de un avión de British Airways procedente de Londres.

En Port Elizabeth amarran los veleros de recreo que hacen el cabotaje caribeño y sustentan un negocio de motoras-taxi entre el muelle y los barcos que, cuando estuve allí, era propiedad de un veterano de las SAS retirado a un exilio voluntario que le permitía vivir con sombrero de paja. Al llegar, amigué con una familia francesa que se había tomado un año para navegar. El hijo tenía mi edad, veintipocos, y en la playa inventó una modalidad de petanca usando, en vez de bolas, cangrejos que llenaban la palma de la mano. Un gringo que nos vio dijo que con un bate podríamos probarlos para el béisbol. Cuando cenábamos en el velero, era fácil ver los lomos de unos tiburoncitos que buscaban restos de comida entre las embarcaciones. Los alimentábamos como a las carpas del Retiro que acuden a las migas de pan.

El francés y yo solíamos ir a beber a una taberna junto al muelle en la que despachaba bebidas una chica preciosa, Adiana, que soñaba con irse a Londres a estudiar Enfermería. El francés hasta se ponía un fular para hacerse con ella el galán de bulevar. Nos quedábamos embobados en la contemplación, pero ella jamás concedió otra intimidad que dejarse acompañar a casa, en lo alto de un promontorio, o la propuesta de conocer la iglesia adventista que frecuentaba. Una vez, en el bar entró un grupo de tres o cuatro chicos de la isla que se pusieron groseros con Adiana. El francés y yo aprovechamos la oportunidad galante de defenderla y exigir respeto. La escena habría sido perfecta de terminar así. Pero los chicos regresaron con refuerzos y se desató una pelea formidable en la que volaron más sillas que en una taberna de John Ford. Cómo habríamos necesitado al veterano de las SAS en ese trance.

Duró apenas unos segundos. Adiana, avergonzada, se había marchado. Magullados, caminamos hasta su casa para disculparnos por lo que, involuntariamente, habíamos provocado. Estaba enojadísima, por supuesto. Pero su madre nos tuvo tanta simpatía que incluso desgarró el velo del vestido de boda que conservaba para vendar algún corte. El francés regresó a su barco, con su fular. Y yo, a mi modesto hotel de cama con mosquitera. Al llegar, me hicieron saber que alguien me esperaba en el bar. Lo que me esperaba bebía una cerveza, de pie junto a la barra. Un negro enorme, con la camisa ajustada sobre la musculatura y con la gorra de plato y los galones de sargento de la policía local. Buenas noches. Cómo va eso. Una noche intensa, ¿eh? . Eso parece . Ya sois famosos en la isla . Hombre, nosotros no queríamos, es que . [Aquí me chistó]. Nada, coja su pasaporte que nos vamos a la Police Station. Cuando acabe mi cerveza . [Y créanme que no se dio prisa por beberla].

Tantos años después, la anécdota me parecería más sabrosa si hubiera incluido un calabozo. Pero el sargento se contentó con una declaración, con sellar un par de papeles que he perdido y con conminarme a abandonar Bequia en el primer transbordador de la mañana para no regresar jamás. Todo recordaba un episodio de Graham Greene. Solo al final me dijo que él era el tío de Adiana, y se marchó a verla. No dio con el barco del francés ni tampoco me preguntó por él. A las siete de la mañana, el sargento apareció en el muelle para asegurarse de que embarcaba. Estaba con gente de la isla, y a todos les hacía yo mucha gracia. Cuando el transbordador salía de la bahía, vi en la orilla a Adiana, que movía la mano para despedirse. Supongo que ya no estaba enojada.