Una mala salud de hierro

Como todos los años, en abril celebraremos el Día del Libro. Cantaremos sus loas y, como si se tratase de un moribundo, nos doleremos de su próxima e inexorable desaparición. Yo no estoy tan segura de que vaya a ser así, por lo que me interesaron, y mucho, los comentarios aparecidos en The New York Times a propósito de una novela llamada The circle (El círculo), de Dave Eggers. Por lo visto, esta pesadilla futurista se ha convertido en un gran fenómeno editorial, no tanto por la calidad de su prosa como por el tema que aborda. En ella se habla de una empresa llamada justamente así, El Círculo, cuyos malvados jefes constantemente obligan a sus empleados a socializar, a conectarse con multitud de desconocidos enviándoles mensajes, fotos y vídeos de su vida íntima que los receptores reciben y marcan con un me gusta o no me gusta . En el mundo descrito en El círculo, la valía de cada uno se mide por el número de entradas, de thumbs up (pulgares arriba), que reciba de sus amigos virtuales. La privacidad deja de existir y las personas se vuelven transparentes al colgar diariamente en la Red no solo sus gustos u opiniones, sino también, y sobre todo, sus momentos más privados y bochornosos. Peor aún, acaban convertidos en depredadores de la intimidad ajena, en voyeurs e irredentos chivatos para alimentar a ese monstruo, a ese tsunami digital que no solo ha conseguido borrar la frontera entre lo privado y lo público, sino también la que separa el bien del mal. ¿Les suena vagamente familiar? Libros futuristas como The circle, más que novelas de ciencia ficción, a veces parecen folletines costumbristas.

El mundo digital ofrece enormes e innumerables ventajas, pero es evidente que no es más que un instrumento. Solo un arma que, según se use, puede ser beneficiosa o letal. Se habla mucho de los peligros que supone ese colosal Gran hermano que ha convertido nuestras vidas en escaparate, en espectáculo, en picota. Se habla menos, sin embargo, de otro peligro más sutil. El hecho de que el criterio imperante, el que marca tendencia, se rija solo por un me gusta o no me gusta logra que nuestra percepción de la realidad sea chata e infantil. La vida, las personas y nosotros mismos somos mucho más complejos y la riqueza está siempre en los detalles, en los matices, en las contradicciones. Precisamente ahí es donde la lectura de un libro le da sopas con honda a la epidérmica lectura en Internet y, no digamos, a los juicios atontolinados de pulgares arriba o abajo. Recientes estudios publicados en diversas revistas científicas demuestran que leer un libro es el mejor modo de mirar dentro de uno mismo y, a la vez, un viaje iniciático al interior de otro u otros seres humanos. Para entender a qué se refieren con esto, basta con recordar el modo apasionado y casi abducido en el que leíamos cuando éramos niños, cómo lográbamos sumergirnos en la vida de los personajes, convertirnos en ellos. Señala el crítico de The New York Times la diferencia entre leer un libro y leer en Internet con el siguiente ejemplo.

El año pasado, un famoso periodista tuiteó los últimos días de la vida de su madre minuto a minuto y con ello consiguió más de un millón de seguidores en Internet. Sin embargo, pasados unos meses, por el carácter inevitablemente efímero de los trending topics, sus reflexiones han pasado al olvido. ¿Acaso no tenían valor literario, no eran a la vez bellas y conmovedoras? Lo eran, pero el medio en el que aparecieron las condenó a ser epidérmicas y caducas, algo que no hubiera ocurrido de ser publicadas en un libro. Por eso, porque la letra impresa sigue teniendo algo de mágico y a la vez de atávico, le auguro larga vida a ese, hasta ahora, imbatible invento perfecto que llamamos libro. Por eso, y porque si miro a mi alrededor, en un tren, en el metro o en un avión, o también porque si me asomo a la indiscreta pero muy reveladora ventana de Internet compruebo que nunca en la historia ha habido tantas personas leyendo libros. No es una apreciación subjetiva ni un desiderátum, es simple estadística. digan lo que digan los agoreros y los cenizos, se lee más que nunca. Pulgares arriba pues al libro, que festeja por estas fechas su milenario cumpleaños gozando, para alegría de todos, de una magnífica mala salud de hierro.