Un dragón en la bañera

Tener una esposa feminista debe de ser relajante. No por las discusiones conflictivas, pues cualquier persona militante, capaz de ver una alegoría opresiva en el modo en que uno coge el mando a distancia, resulta insufrible en la convivencia íntima. antes me caso con Hulk Hogan. Pero sí en el sentido de que permiten liberarse de algunos estereotipos por culpa de los cuales sobre el hombre gravita la posibilidad de hacer el ridículo. Por ejemplo, el de macho proveedor, matador de dragones, protector de damiselas y otras cosas de las que obligan a levantarse del sillón.

No tener una novia feminista fue el motivo de que yo provocara un incendio en su edificio de Buenos Aires. En el que, por cierto, terminé de hacerme impopular después de matar accidentalmente un gatito de una camada que todos los vecinos se turnaban para cuidar en el jardín. Llegué con los auriculares puestos, no oí que me seguía, maullando, supongo que pidiendo leche o mimitos, y le cerré la puerta del portal en el cuello. Encima apreté, porque creí que cerraba mal. se le quedó la cabeza girada como a Sadam Husein en la horca. Nadie volvió a subir conmigo en el ascensor.

Lo del incendio fue antes. De hecho, ocurrió la mañana siguiente a la primera noche que me quedé a no dormir en casa de Ella. No fue fácil, hubo antes muchos días de cortejo en los que la mantuve oculta, porque Ella es hermosa y uno de mis amigos porteños era un Gran Seductor que en las fiestas nos robaba a las mujeres en lo que tardábamos en ir a buscarles una Coca-Cola. Quería asegurarme de disfrutar a Ella por lo menos una vez antes de presentársela a Gran Seductor y de que me la robara. Lo que son las cosas. me casé con Ella, y Gran Seductor es el padrino de todos mis hijos, excepto de uno. Ya ni miro de reojo cuando, estando los tres juntos, voy a por una Coca-Cola. Aunque tal vez debería. No, hombre. ¿Sí, tú crees? Mmmmmmm

Las primeras noches que salimos, yo ya había notado que Ella tenía un gusto clásico, como de una feminidad casi extinguida. Le gustaban los tipos corpulentos, a ser posible con pasado de rugbier. Se dejaba abrir las puertas. Apreciaba las galanterías y se confiaba al pedir la cena sin mirar siquiera el menú. Había ido esbozándose una relación en la que estaba claro que, si nos atacaba un orco, se esperaría que fuera yo el que peleara con él. Eso no siempre es obvio, con según qué mujer; las hay que aparece un orco y se arremangan. La primera noche salió todo muy bien, a pesar de que Ella iba por la alcoba palpando las paredes porque se había quitado las lentillas y, por coquetería, no se atrevía a ponerse tan pronto unas gafas que guardaba en la mesita de noche y que eran como las de Francisco Umbral, pero más graduadas. El problema surgió por la mañana.

Contemplaba por una ventana de su apartamento el hipódromo de Palermo cuando Ella regresó del cuarto de baño y, sin darle importancia, dijo. Hay una cucaracha en la bañadera. ¿La matás mientras preparo café? . Vaya, hombre, apareció el dragón. Tengo pavor a las cucarachas. No me habría quedado tan acongojado si me hubiera dicho que en la bañadera estaba el Yeti, o Vinnie Jones. Si se hubiera tratado de una feminista, podría haberle dicho. Mira, mátala tú, porque si lo hago yo estaremos perpetuando un estereotipo machista . Pero no era el caso. Había que superar como fuera la prueba de hombría ante una mujer a la que le gustaban los tipos corpulentos con pasado de rugbier. La cucaracha era enorme, castaña, posiblemente voladora. Quise empujarla con el agua de la ducha, pero temí que me saltara a la mano al tratar de coger el grifo. Fuera, Ella se impacientaba. Yo no podía fallar. Encontré un bote de alcohol, algodones y cerillas. el olor del napalm por la mañana. Pero el fuego prendió en las cortinas de baño, y el humo se propagó, y al rato ya estaba conociendo a los vecinos. Bueno, se apagó el fuego, bajo con la leche, es para unos gatitos que nos nacieron abajo y que nos tienen a todos locos de amor .