Humor

Un lector muy fiel me descubre que un artículo mío reciente de intención satírica, en el que me refería burlonamente al célebre altercado de una política con unos guardias de tráfico, había sido glosado en diversos diarios digitales como si se tratara de un artículo perfectamente serio en el que ponderaba y alababa las dotes de la política de marras para la montería de corchetes (según la expresión quevedesca); por supuesto, esta lectura propia de descerebrados había provocado luego que la consabida piara que hociquea en la cochiquera diera rienda libre a su vómito, con retuiteos llenos de espumarajos y faltas de ortografía. No es la primera vez que esto me ocurre, ni muchísimo menos; pero he de reconocer que cada vez que me ocurre me quedo perplejo, pues me cuesta aceptar que haya gente tan lerda y obcecada.Hay quienes afirman que los españoles carecemos de sentido del humor; pero no parece verosímil tal atribución en un pueblo del que ha brotado el genio cervantino. Más probable sería afirmar que los españoles hemos perdido el sentido del humor, precisamente en una época en que nos creemos más ‘chistosos’ que nunca; pero la gracia chistosa es al sentido del humor lo mismo que los ready-mades de Duchamp a la Mona Lisa de Leonardo.

El humor nada tiene que ver con pretender resultar chistoso todo el tiempo; y la experiencia nos demuestra que, apenas pasa media hora, el chistoso profesional se torna persona inaguantable. Edgar Neville sostenía que el humor era la manera que tenían de entenderse entre sí las personas inteligentes; y añadía sin miramientos que solo las personas inteligentes y con una educación esmerada son capaces de captar el humor, mientras que los seres primarios son impermeables a él. Es una afirmación muy antipática que parte de una realidad cierta (a saber, que el reparto de dones no ha sido igualitario), pero absolutamente inaceptable para la mentalidad contemporánea. Esta realidad evidentísima es la que explica la envidia (y su hermanito pequeño, pero matón, el resentimiento) de los que hociquean en la cochiquera; envidia que, llegada cierta fase de la historia, se pretendió encauzar democráticamente, disfrazándola de virtud cívica , como nos explica Unamuno. Pero la mona, aunque se vista de seda, mona se queda; o se ‘amona’ todavía más, como demuestra el hecho de que nunca el resentimiento haya campado por sus fueros tan orgulloso y encantado de haberse conocido como en esta fase democrática de la historia.

Pero la afirmación de Neville, aun partiendo de una premisa cierta, no nos complace plenamente. Pues resulta evidente que hay gente inteligentísima tan infatuada de su inteligencia, tan ensimismada en ella, que carece de sentido del humor. Amén de inteligencia, es preciso otro ingrediente, un catalizador que provoque la emergencia del humor. Aristóteles, en su Ética, afirma que el humor es propio del hombre magnánimo ; y esta es, a mi juicio, la más exacta definición del sentido del humor que jamás se haya hecho. Pues, en efecto, el humor es propio de aquellas personas capaces de entender las debilidades ajenas y de meterse en pellejo del prójimo, esforzándose por aceptar siquiera a medias lo que otros aceptan por entero y de respetar aunque sea con reservas lo que otros veneran incondicionalmente; pues solo una vez logrado este rasgo de magnanimidad podremos mirar nuestras propias debilidades y fallas con algo más de distancia. Por supuesto, esta magnanimidad exige afrontar la vida sin sometimiento a ideas recibidas, prejuicios estragadores, consignas archisabidas o fétidos lugares comunes. Solo quien no está dispuesto a admitir los tópicos establecidos y circulantes puede gozar de sentido del humor.

Esta es la razón, a mi juicio, de que un artículo de intención humorística sea entendido en nuestra época por tan pocos. Hay cada vez más gente (y cada vez más fanatizada) que se enfrenta a lo que lee buscando una ratificación a la alfalfa de lugares comunes, prejuicios, consignas e ideas recibidas con que hociquea en la cochiquera; o bien la gasolina que inflame dicha alfalfa, permitiéndole vomitar su resentimiento. Tristemente, esta gente fanatizada ha hecho de los medios de comunicación el abrevadero donde cada mañana engulle la ración de alfalfa que necesita para seguir viviendo (al modo cetrino en que viven quienes hociquean en la cochiquera); y cuando no encuentra esa ración diaria, entra en cortocircuito.Nosotros, naturalmente, seguiremos haciendo uso magnánimo del humor, aunque no se enteren. O precisamente por ello mismo, para que rabien todavía más.