¿Qué diferencia a los emigrantes actuales de los del siglo XX?

Se me quedó archivada en la memoria forever ‘para siempre’, como me gusta traducirles a mis amigos jóvenes a quienes atribuyo, erróneamente, que vivían conmigo en Inglaterra en la larga década de los años sesenta. Fue la época en la que en aquella España dolorosa se produjo el boom de la emigración, la salida de muchas personas a las que conocí personalmente años después. Fueron casi dos millones de españoles los que emigraron sin trabajo, sin idiomas, sin estudios ni seguridad de ningún tipo. Era gente muy distinta de los pocos que hoy repiten el mismo recorrido desde posiciones muy diferentes.

Los emigrantes expulsados por el primer Plan de Estabilización, que se inicia en 1959, no tenían ni idea de adónde iban, salvo que su destino no podía ser peor que la tierra en la que habían sobrevivido durante su juventud. ellos vivieron el proceso turbulento, aunque silencioso, de pasar del campo al conocimiento de las nuevas fronteras. Yo he tenido la suerte de convivir con aquellos emigrantes y con los de ahora. A los primeros, el futuro solo podía reservarles seguridad y trabajo, a pesar de los escasos recursos cognitivos con que contaban. A los jóvenes emigrantes de ahora no les falta ninguna formación de la etapa multidisciplinar. O por lo menos eso es lo que les han metido en la cabeza.

¿Que no sé idiomas suficientes ni domino todavía del todo el nuevo lenguaje digital? ¿Qué me cuentas ? ¿Que nadie me enseñó a trabajar en equipo ni a empatizar con los demás? ¿Qué me cuentas ? Solo poco a poco, de manera muy lenta, se puede hoy ir avanzando sin contar con los necesarios recursos mínimos. Un plan de acción racional debe arrancar, efectivamente, tras comprobar la disponibilidad de recursos. Solo después de determinar cuáles son los recursos de que se dispone y de saber lo que nos falta se puede empezar a diseñar un plan de acción.

Pero ¿somos conscientes de que España es el segundo país mas endeudado del mundo? No es normal que solo los Estados Unidos superen nuestra deuda exterior, aunque cuando la expresamos en función de su porcentaje respecto a la riqueza nacional no tengan nada que ver la una con la otra; los encargados de elaborar las estadísticas saben muy bien que lo que debemos es muy superior a lo que tenemos. No hace falta mirar todos los días lo que ocurre con nuestro endeudamiento exterior para saber que no se puede continuar mucho tiempo con esos niveles. Le pese a quien le pese, lo primero que debemos hacer es evitar seguir viviendo de prestado. Para ello será preciso reducir, primero, la presencia del Estado para aumentar su solvencia y, de forma simultánea, o muy poco tiempo después, aumentar la capacidad de generar más ingresos.

Solo entonces se podrán explotar ventajas innegables como el mayor nivel cognitivo de la población; el contacto ya iniciado con el mundo exterior; el aumento inusitado del poder de la voluntad individual comparado con el pasado; o, lo que es definitivo, el aumento de dos años y medio en los índices de la esperanza de vida cada diez años.