Forsyth, ‘La lista’

Vuelvo a Forsyth. Recurrentemente, para desesperación de cultos e intensos. Para la de los ‘cejas altas’ que adoptan un cansado mohín de desprecio cuando alguien habla de un best-seller en un medio de comunicación de notable tirada. Vuelvo a Forsyth porque vuelve él, como las fiebres, a su cita permanente con los millones de seguidores que adornan su cuadro de resultados, y lo hace con otro relato trepidante y agotador en el que ganan los buenos y pierden los malos, que, por supuesto, son muy malos. Y lo hace en otra fabulación en la que no deja tiempo para la literatura ni para los perfiles emotivos de sus personajes, afortunadamente he de decir. Tengo escrito por aquí mismo que dejé de leer a Le Carré el mismo día en que decidió que quería ser literato, que quería perfilar un estilo difícil, de comprensión enrevesada, de medias frases, de personajes con sentimientos descritos con indicios. A partir de La casa Rusia, o quizá antes, el creador de Smiley, desistió de repetir el éxito intratable de La chica del tambor y pasó a las medias verdades y a las tramas de final abierto, que es materia que detesto. Y he decidido no volver a darle otra oportunidad.

Forsyth, el aviador, el periodista, el investigador, en cambio, ha vuelto a adaptar su maléfica capacidad para crear historias con mil resortes a la actualidad más rabiosa. La Guerra Fría acabó poco después de El cuarto protocolo y hubo de ser sustituida por los nuevos desafíos del mundo libre. Los Balcanes, la guerra del Golfo (sublime El puño de Dios), el narcotráfico (Cobra, algo más floja) o la irrupción del terrorismo yihadista abordada con maestría en El afgano se sucedieron en la cascada productiva del británico hasta acabar hace algunas semanas en un nuevo libro electrizante. La lista.

Un predicador fanático difunde sermones por Internet en los que motiva a los chalados yihadistas del mundo a asesinar a objetivos occidentales allá donde vivan a cambio de una promesa de felicidad eterna después del sacrificio. Todos los que así actúan, matando desde un alcalde de pueblo en Gran Bretaña hasta un congresista en Washington, saben que morirán como consecuencia de su acción suicida, pero siguen las órdenes de ese misterioso sujeto oculto en algún lugar del mundo. ‘El rastreador’, especialista de uno de los muchos subsectores y recovecos de la Inteligencia norteamericana, es el designado para su localización y captura. La astucia de Forsyth le hace situar buena parte de la acción en Somalia, país fallido repleto de chalados y delincuentes. Somalia fue, como es sabido, colonia italiana hasta mediados del siglo pasado, momento en el que, tras su retirada, se instauró un régimen en crisis permanente. Hoy, lo que fue la Somalia de los cincuenta es un país fraccionado en tres partes de difícil relación y aún más difusos límites. En el sur, donde se encuentra la que dicen era elegante Mogadiscio, manda una suerte de guerrilla islamista de la que es difícil escapar si no eres de la cuerda. Ahí sitúa el autor la acción. desde los secuestradores de barcos hasta los fanáticos de la Yihad, todos intervienen en una trepidante historia en la que Forsyth demuestra un magnífico conocimiento de las tecnologías modernas de combate, drones incluidos, satélites espías también y una experimentada tensión narrativa.

Lo mejor de sus libros es que son notablemente verosímiles y que no te hacen perder el tiempo con miradas introspectivas de los individuos que los protagonizan ni con historias de amor y erotismo. Eso queda para otros. El autor y su legión de documentalistas consigue dar tal realismo a su relato que nos hace viajar a sus lectores en el mismo avión del que saltan los paracaidistas de las Fuerzas Especiales o permanecer sentados en el cuartel general desde el que se manejan los pequeños aviones cargados de armas desde los cuales se puede disparar un artefacto sobre un coche que circula cargado de malhechores por cualquier desierto del mundo. Algo así pasa en este libro. No se lo voy a destripar, evidentemente, pero sí invitarle a que lo disfrute. Y si tiene un amigo cultísimo, no se arredre, presuma de ello.