¿El asociacionismoes una alternativa real a los partidos?

Los historiadores siempre se han preguntado, con razón o sin ella, por qué los comunistas nunca supieron explicar a los demás el verdadero atractivo del socialismo científico. ¿Cómo es posible que fracasaran en convencer a medio mundo de que, al menos, valía la pena intentarlo?

La verdad es que tuvieron portavoces increíblemente poco preparados que intentaban meter en la cabeza de la gente aberraciones muy difíciles de digerir. en primer lugar estaban los que defendían la separación total entre la vida espiritual y la laica; y en segundo término, los partidarios de la Iglesia y de la resurrección que se produciría a raíz de la muerte; es decir, de dos vidas totalmente distintas, la que está en los cielos y la que está aquí abajo.

Cualquiera que haya estudiado los escritos es cierto que en gran parte tardíos de Proudhon o el propio Marx se dará cuenta de que no estaban utilizando el mejor vehículo para navegar por unas aguas bien accidentadas. Ni los portavoces sindicales ni los religiosos encargados de predicar la buena nueva estaban mínimamente preparados. La verdad es que difícilmente se puede imaginar una disfunción mayor que la de unos predicadores ineptos y un pueblo que no se resignaba a engullir cualquier bobada.

La culpa de que gran parte del mensaje no calara entre un público especialmente proclive a asumir el socialismo científico y revolucionario la tuvo que los encargados de difundirlo eran los estamentos más notorios de las organizaciones sindicales, las estructuras autoritarias de los partidos comunistas y los representantes de organizaciones movidas por los portavoces citados. En realidad, el sector aludido era mucho más reducido que el de los llamados librepensadores y libertarios, pacifistas y no violentos. Pero apenas estaban todos esos círculos aprendiendo de Proudhon, William Godwin y los demás anarquistas. O sea que, pensándolo bien, los marxistas tradicionales alimentaron, a su manera, el pensamiento de muchos partidos comunistas tanto en el Este como en el resto de Europa.

Un buen grupo, tal vez el más numeroso, militaba en partidos socialdemócratas y no violentos que se habían creado el compromiso de no utilizar actos violentos ni siquiera para llamar la atención. En este grupo estaban los anarcosindicalistas que hoy llamaríamos liberales. Y luego los anarquistas, que estaban en todas partes. Pero ¿cómo, estando en casi todas partes, tan pocos escritores de renombre fueron reconocidos o les hicieron caso? En el siglo XlX, y hasta bien entrado el XX, muy pocos escuchaban. La derecha estaba organizada gracias al control del poder, pero eran pocos los que escuchaban. La alternativa a la derecha era una socialdemocracia poco creíble y aturdida. En España, la única oposición frente a la implacable derecha eran determinados sindicatos, un partido socialista nunca formado del todo y un conjunto ingente de liberales.

No es nada extraño que hubiera que esperar al siglo XXl para que cristalizara la verdadera alternativa. una opción nutrida por gente joven y preparada, aunque sin experiencia política; una demanda acrecentada reforzada por la crisis económica y la corrupción y el impulso creciente a favor de una Constitución que sirviera para algo; la necesidad de liberar a la gente para que se sintiera segura de que puede dividir el poder; y sobre todo, la reducción del Estado.

El constante crecimiento de un Estado que determina lo que los ciudadanos pueden hacer y legitimar por sí mismos, en vez del fortalecimiento de las redes privadas, es lo que ha suscitado la demanda actual. el adelgazamiento del Estado. Esa será, seguramente, la principal reivindicación de los próximos meses y años.