Dietas

La gente ha dejado de creer en las cosas duraderas. Así, por ejemplo, se niega a aceptar la existencia de una recompensa o condenación eternas tras nuestro paso por este valle de lágrimas; y, excluida la idea de eternidad para el más allá, el más acá se nos ha ido quedando vacío de cosas duraderas, infestado por lo efímero y lo pasajero. Hemos renegado del amor perdurable, de la amistad firme, de los principios sólidos e inmutables ¡hasta de los apercibimientos del banco hemos renegado, pensando ingenuamente que acabarían desapareciendo de nuestras vidas! Pero de lo que no hemos podido renegar es de nuestra naturaleza; y nuestra naturaleza nos dice que en la vida hay cosas perennes, cosas que permanecen inalteradas, en medio del torbellino de cambios que nos anega. Solo que, como previamente nos hemos convencido de que las cosas perennes son efímeras, hemos dado en la grotesca manía de pensar que las cosas efímeras son perennes. ¡Las dietas, por ejemplo!

Decía Edgar Neville que la única dieta infalible es una estancia prolongada en un campo de concentración nazi. Pero la gente se ha convencido (¡misterios de la autosugestión!) de que las dietas tienen la virtud que ya no reconocemos al amor, ni a la amistad, ni a los principios, ni a los apercibimientos del banco. Pensamos que las dietas son para siempre, olvidando que los kilos son el amigo más fiel del hombre (¡y hasta de la mujer!). no importa cuántas veces reneguemos de ellos, no importa cuántas veces los dejemos plantados en cualquier esquina de la vida, los kilos siempre vuelven a nosotros, con ese gesto mohíno y enternecedor del perrillo apaleado, dispuestos a acurrucarse en nuestra cintura, para protegernos del frío. En los últimos años se han popularizado muchas dietas milagrosas que prometen expulsar esos kilos que se resisten a nuestras órdenes de desahucio. Y, en efecto, son dietas que al principio actúan sobre los kilos como un poderoso repelente, igual que el aliento de ajos crudos actúa sobre la novia ruborosa; solo que los kilos, a diferencia de las novias ruborosas, tienen un sentido de la lealtad que se sobrepone a las circunstancias más adversas.

Puede que los kilos huyan despavoridos al principio; pero, una vez abandonada su posición, no hacen otra cosa sino urdir estrategias para volver a abrazar al amigo que abandonaron a la ligera. Pueden tardar meses, incluso años, en volver a llamar a nuestra puerta; pero, cuando lo hacen, sabemos que nos abrazarán con un entusiasmo nuevo, arrepentidos sinceramente de su defección, porque el destierro los ha hecho más sufridos y abnegados, más resistentes e intrépidos. A veces, incluso, como muestra de su amor sin tasa, vuelven acompañados de otros kilos sin dueño que se encontraron en la calle, seguros de que nuestra hospitalidad tendrá un huequecito para ellos. ¡Eso sí que es amor solidario!

A veces he pensado que Dios inventó los kilos como signo visible de la alianza irrenunciable que estableció con los hombres. Pero vivimos en un mundo descreído y orgulloso que contra Dios levantó el progreso y contra los kilos las dietas, seguro de que así quebraría esa alianza inquebrantable. ¡Vano afán! El progreso se sale siempre de madre y nos arrastra al abismo; y las dietas, después de arrastrarnos mucho a la báscula, nos rompen la madre, que diría un mexicano. Y no lo hacen con violencias extremas (aunque también), sino con ayuda del aburrimiento. La gente habla mucho del aburrimiento conyugal, pero no se ha detenido a considerar que el aburrimiento dietético es mucho más temible y angustioso. Los casados, en medio de su aburrimiento, aún pueden dejar de verse, siquiera en las horas de oficina; pero quien está sujeto a una dieta no puede perderla nunca de vista, pues basta que se descuide un segundo para que la báscula lo delate, anunciando el regreso de los kilos. Como las dietas son mortalmente aburridas, quienes las padecen suelen cambiar de dieta como quien cambia de pareja; y acuden al experto en dietética, como el que se divorcia acude al abogado, para que les solucione el tránsito a una vida que, insensatamente, imaginan menos tediosa y asqueante. Naturalmente, los únicos que tienen solucionada su vida son el experto en dietética y el abogado experto en divorcios, que hacen su agosto con nuestra credulidad nunca escarmentada.

Los kilos siempre vuelven, aunque tengan que ascender montañas y cruzar la mar océana. Hagamos, en su honor, como el padre de la parábola del hijo pródigo y sacrifiquemos el ternero más cebado para celebrar el regreso de esos kilos fidelísimos que, en el colmo de la ingratitud, quisimos espantar.