Historias ¿con o sin kétchup?

Una de las mejores sorpresas de ser abuela es descubrir un montón de cosas en las que no se reparó como madre. O por lo menos yo no lo hice; tuve a mi primera hija con poco más de veinte años y no estaba para descubrimientos sociológicos, bastante tenía con descubrir las increíbles sorpresas de la maternidad. Ahora, en cambio, con mi más descansado estatus de abuela enrollada, puedo dedicarme al que ha sido tradicionalmente el rol de los mayores y que me parece importante. Contar historias, servir de transmisora de la sabiduría y cultura popular. He descubierto así que, de la generación de mis hijas a las de mis nietos, se ha producido lo que ahora llaman un cambio de paradigma. Esto es, en la aceptación de ideas y creencias establecidas tradicionalmente.

Desde que el mundo es mundo y hasta hace poco, los niños escuchaban sin que se les moviera un pelo historias en las que la muerte (Caperucita o Blancanieves), las injusticias y abandonos (Pulgarcito, Hansel y Gretel) y hasta el incesto (Piel de asno) estaban a la orden del día. Conscientes de lo políticamente incorrectos que pueden llegar a ser los cuentos clásicos, hasta el momento todos los tuneábamos un poco para que sonaran mejor, y problema solucionado. ¿Pero qué pasa, por ejemplo, con otras historias que forman parte de nuestro acervo cultural? La semana pasada tuve tremendo tropiezo con El Cid Campeador. Mis nietos (mi nieta Carmen es aún muy pequeña) adoran las historias de caballeros. Hasta el momento había sobrevivido sin contratiempos relatándoles la leyenda de Merlín el Encantador, por ejemplo; pasé luego a la de Ricardo Corazón de León, e incluso pude contar sin falsear demasiado la de Ricardo III y los niños encerrados en la Torre de Londres.

Pude hacerlo porque, aunque en todas estas historias se producen muertes, los que pasan a la categoría de fiambres son los malos. Mas hete aquí que, encantada con mi misión de transmisora de nuestro rico bagaje cultural etcétera, se me ocurrió contar la historia de Rodrigo Díaz de Vivar, su espada, Tizona, y su caballo, Babieca. Al principio, todo fue bien. Llegué sin problemas al momento culminante del relato, ya saben, cuando muere el Cid y sus fieles lo atan al caballo para que los moros (¿podemos llamarlos así o esto también hay que tunearlo?) huyan despavoridos. Aquí se complicó todo. Oye, abuela interrumpió Jaime, mi nieto mayor, mojando una croqueta en rojísimo kétchup (la cena es nuestro momento de contar cuentos). Luego resucitó, ¿verdad que sí? . Vacilé un minuto. Soy de las que creen que los cuentos y leyendas cumplen una función catártica y que, como dice Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, desde la noche de los tiempos estos han servido para ayudar a los niños a comprender cómo es, en verdad, el mundo.

Puedo aceptar que el Lobo no se trague ya a la abuela de Caperucita, pero ¿qué hacer con historias y leyendas que forman parte de nuestro bagaje cultural? ¿Hay que edulcorarlas/falsearlas también? ¿Qué hacemos entonces con la mitología griega, chorreante de sangre y de injusticias, en la que suelen ganar los malos o los pícaros? Y más peliagudo aún. ¿qué hacer con las historias de la Biblia? ¿Tuneamos todo para que Noé no sea un borracho; Jacob, un redomado tramposo; o Abraham, un infanticida? Hay quien propone que así sea. Hay quien sugiere incluso que no se enseñe Historia Sagrada, puesto que, además de ser una antigualla religiosa sin pies ni cabeza esto lo dicen sobre todo por la historia de la creación de Adán y Eva, es muy poco edificante. De lo que no cabe duda es de que las historias de siempre no se ajustan a la sensibilidad actual.

¿Pero es esa razón suficiente para renunciar a lo que ha sido nuestra cultura? ¿En qué situación quedan entonces la comprensión de la literatura, por ejemplo, de la música o de la pintura si nadie sabe quienes son Goliat, Judith, María Magdalena, Zeus o Afrodita? ¿Y qué pasa, por cierto, con nuestro medio de comunicación por antonomasia, la lengua, que está llena de sobrentendidos y complicidades que remiten de los personajes extraordinarios, reales o de ficción, que nos han precedido? Yo, por si acaso, no renuncio a dar a mis nietos a medida que crezcan y estén en condiciones de entenderlas su buena dosis de historias reales con todos sus aditamentos. Pienso que un poco de kétchup nunca ha traumado a nadie y aquí estamos todos nosotros, tan campantes, para atestiguarlo.