Coleccionismos

¿Quién no ha coleccionado algo en la vida? Tal vez coleccionar chismes sea una pasión inútil; pero, desde luego, se trata de una pasión concurridísima. Cuando era niño coleccioné chapas de botellas, siguiendo el ejemplo de Blas (¿o era Epi?), el monigote de Barrio Sésamo; e, inevitablemente, cromos, que tenían su negociado futbolístico y su negociado de series de dibujos animados. Recuerdo que, cuando ya estaba a punto de completar mis álbumes de cromos, la colección se suspendía impepinablemente y era sustituida por otra nueva (del mismo modo que los futbolistas eran sustituidos por otros en el mercado de fichajes o en las sobremesas se sucedían las series de dibujos animados), dejándome con tres pares de narices y una sensación indefinible de frustración, como si acabaran de birlarme una novia.

Luego empecé a coleccionar sellos. Así pude, por primera vez en mi vida, compartir una pasión con mi padre; y descubrí que la filatelia (como la numismática) era uno de los pocos consuelos que restan a los adultos para seguir siendo niños sin temor a los reproches y a las burlas. Coleccionando sellos descubrí, sin embargo, el horror al infinito que se agazapa detrás de todo afán acaparador. ya no se trataba, como me ocurría de niño, del miedo a que tal o cual colección de cromos se suspendiera antes de que yo la hubiese concluido, sino de la certeza mucho más angustiosa de saber que toda una vida entera no bastaría para completar una colección de sellos. Acongojado, decidí abandonar la filatelia; y me dediqué -en complicidad también con mi padre- al coleccionismo de mariposas, que muy esmerada y cruelmente ensartábamos con un alfiler en un corcho, extendiendo el traje de gala de sus alas, para después clasificarlas como expertos lepidopterólogos y alinearlas en unos cuadros a modo de vitrinas que todavía penden de las paredes de la casa de mis padres. Pero una noche soñé que las mariposas de los cuadros resucitaban de repente y se ponían a agitar las alas, ensartadas en sus cuadros, y casi me da un patatús.

Siendo ya un jovencito con ínfulas literarias, empecé a estudiar con curiosidad irónica el fenómeno del coleccionismo. Merodeando los quioscos -que llegaron a convertirse en almacenes de quincalla- descubrí que existía un coleccionismo enloquecedor de las maulas más diversas y superferolíticas. ¿Quién demonios podía coleccionar, por ejemplo, una colección de dedales de todas las épocas y latitudes , fabricados seguramente en un polígono industrial de Corea? ¿Acaso el capataz de un taller de costura? ¿Y qué delirante perversión habría que desarrollar para engancharse a una colección de condecoraciones de hojalata? Quizá la adquiriesen quienes aspiraban a reclamar una pensión al Gobierno, haciéndose pasar por heroicos mutilados de guerra; o quienes arrastrasen un trauma incurable desde que fueran rechazados por bajitos en el reclutamiento, allá en la época en que aún se prestaba servicio militar.

¿Y qué decir de las colecciones de teteras, que también tuvieron su momentazo en los quioscos? ¿Para qué servirían aquellas teteras apócrifas de Sevres o Macao? ¿Cuántos aparadores se requerirían para colocar esas teteras de pega, que además eran teteras viudas, pues nunca las acompañaban las tacitas a juego? Tratando de imaginar el destino de aquellos coleccionables que se vendían en los quioscos llegué a padecer pesadillas opresivas y recurrentes; aunque también he de reconocer que llegué a fantasear con la idea de ponerme a coleccionar teteras o condecoraciones, en un arrebato pestilentemente kitsch. Me disuadió de esta idea imaginar, allá dentro de cincuenta años, a mis nietos haciendo limpieza de armarios y descubriendo al principio con incredulidad, después con desconcierto, por último con pavor un arcón atestado de esta morralla; experiencia que, a buen seguro, no debe desmerecer de las padecidas por un niño desprevenido que un día cualquiera descubre por accidente que su papá gusta de disfrazarse de nazi o calzarse unas braguitas de volantes en la intimidad.

En todo coleccionismo se demuestra, en fin, que en los seres humanos anida una vocación fallida de urracas que, lamentablemente, suele dejar huella. Leemos en el Evangelio. No atesoréis bienes en la tierra, donde el orín y la polilla los corroen y los ladrones los roban . Pero mucho peor es que no haya un orín benigno, una piadosa polilla o un misericordioso ladrón que los corroan o los roben; porque entonces es cuando en verdad se prueba la lastimosa ridiculez de todos nuestros afanes acaparadores.