La Rusa en portada

Ya hablé de mi amigo porteño que a punto estuvo de hacerse tirotear en una gasolinera disfrazado del Zorro. Para entonces, quebrado su negocio, la tristeza y el trago lo habían convertido en un hombre errático que una vez buscó refugio en mi casa de madrugada, completamente desnudo. después de acostarse bebido en su propia cama, impelido por las ganas de orinar, confundió la puerta del cuarto de baño con la de la calle, y se encontró en el rellano sin ropa, sin llave y obligado a trotar tapándose los testículos unas cuantas cuadras de Buenos Aires a la hora en que se vacían los bares. Pocas veces he contemplado una inmersión más vertiginosa en la melancolía. Cuando el pelo se le incendió mientras asaba carne en una parrilla, él apenas se manoteó la llama como si espantara una mosca, como si en realidad la posibilidad de arder en un asado dominical formara parte de la lógica de su existencia y tampoco hubiera que protestar al destino por ello.

No puede entenderse el abandono de mi amigo sin conocer las circunstancias de su ruptura sentimental. Mientras el negocio de pelucas heredado mantuvo una prosperidad capaz de resistir incluso su gestión, mi amigo conservó una novia de muchos años con la que fantaseaba retratos familiares en Navidad poblados de niños rubios. Su novia era una de las bellezas oficiales del barrio de Once, y tenía un origen ruso, razón por la cual le había sido asignado el certero apodo de la Rusa, que en Buenos Aires recae prácticamente sobre cualquiera cuyos ancestros no sean españoles o italianos. Tanos, gallegos, rusos y turcos, he aquí las categorías étnicas con las que se apañan los porteños para etiquetar los orígenes que se dispersaron como en una polinización humana después de desembarcar en La Boca.

La Rusa se hizo esquiva en la constancia sentimental a medida que el negocio y mi amigo perdían al mismo tiempo empuje. Cada vez se ausentaba más de los planes en pandilla, cada vez con más frecuencia se le moría la misma abuela, por lo que todos empezamos a sospecharle una relación paralela con la que pudiera estar poniendo a salvo su porvenir. Todos, menos mi amigo, que todavía se imaginaba repartiendo flotadores a su camada en la piscina de una casa de Nordelta mientras la Rusa lo miraba enamorada y embarazada del decimocuarto vástago idéntico a su padre, todo con un fondo musical de arpas. Pobre. Cualquiera que haya pasado por ello sabe que nada hay más humillante que ser el último que se entera de una infidelidad sufrida.

Mi amigo era consciente de que tenía que insuflar a su relación votos de amor renovados. Por eso se puso a dieta, se cambió el corte de pelo, trató de vestir más moderno y confeccionó una lista de restaurantes románticos en los que volver a enamorarse. Mientras él tramaba todo esto, la revista Caras, un trasunto de ¡Hola!, dio en portada la noticia de que uno de los solteros de oro argentinos, propietario de una cadena de supermercados y personaje mundano en los veranos de Punta del Este, por fin iba a contraer matrimonio. Presentaba, en la cubierta de un barco y paseando de la mano por una playa, a su futura esposa, que por supuesto era la Rusa. Al menos, pensé, dejará de morírsele la abuela todas las semanas.

Mi amigo no era un gran consumidor de prensa escrita. Por eso no sabía nada cuando esa mañana nos juntamos para jugar al frontón, como hacíamos a menudo como parte de su plan de adelgazamiento, y no habló sino de lo receptiva que veía a la Rusa con sus intenciones de convertirse en un hombre mejor, en un buen marido. Después del frontón, cuando caminamos por la calle hacia un restaurante, sin saber yo cómo decírselo, procuré sin éxito que reparara en los ejemplares de Caras colgados de los quioscos. La conmoción lo alcanzó cuando almorzábamos ante un televisor encendido. De la boda del soltero de oro ya se hablaba en los programas de chimento (cotilleo). Che, David, la novia de este boludo mirá cómo se parece a la Rusa . Ese día me quedé sin pareja de frontón.