¿Debe someterse España a un ajuste como el actual?

A mí me tocó trabajar como economista unos cuantos años en el Fondo Monetario Internacional. Fue hace mucho tiempo. a finales de la década de los sesenta y comienzos de la de los setenta. Desde Washington se tenía la costumbre de hacer sonar las alarmas cuando las reservas internacionales de un país estaban al borde de la extinción. O para decirlo con palabras más afines a la jerga económica actual, los gobernantes de cualquier país se ponían muy nerviosos cuando el dinero que habían pedido prestado era igual o superior al total de la riqueza acumulada; es decir, cuando la deuda contraída pública y privada era superior a su riqueza.

De aquellos años de aprendizaje recuerdo con verdadero amor las distintas tablas que empleábamos. la del Producto, la Monetaria, la de Deuda Exterior y la Fiscal. Mis alumnos me han oído decir cantidad de veces lo que disfrutaba aprendiendo a corregir la crisis. Al contrario de lo que pensaban ellos sin duda influenciados por los políticos de la Transición y acostumbrados a un país que lo único que sabía era dividirlo en derechas e izquierdas, lo mejor que pude aprender en aquellos años fue a buscar las causas y los remedios a las crisis.

El Fondo Monetario tenía en aquellos años fama de usurero, de estar al servicio de países como los Estados Unidos y de ser una amenaza para los países que querían solventar su crisis mediante el esfuerzo meditado. Recuerdo que me extrañaba sobremanera la actitud de los economistas de los diferentes bancos centrales con los que discutíamos los planes de reforma para salir de las crisis, que solo nos hablaban de saltos mágicos y muy sociales para sacar a sus países de la crisis.

Los economistas del Fondo Monetario Internacional preferíamos concentrarnos en las distintas tablas para ver cómo podían equilibrarse. Se contaba con la ayuda que podía suministrar el sector exterior o la moderación del gasto público. Y lo primero era decidir quién tenía la culpa de lo que estaba ocurriendo. Han pasado casi cuarenta años desde entonces y las terapias han evolucionado, afortunadamente. Hoy se sabe que no basta con recortar los gastos, sino que debe conjugarse el proceso de ajuste con fórmulas y tablas que no extingan el consumo y paralicen la economía. Pero la solución de verdad la sabe casi todo el mundo. Y es absurdo actuar como si solo unos pocos se hubieran enterado.

Solo quien quiera desmerecerse a ojos de los demás puede negar hoy el hecho de que España, en su conjunto, debe participar en el proceso de ajuste. Es un error intentar retrotraerse veinte años y discutir las premisas del ajuste planificado por los asesores externos. En primer lugar, porque los asesores externos piensan lo mismo que los asesores internos; y, en segundo lugar, porque son habas contadas, y las han contado los de dentro y los de fuera.

Afortunadamente, los técnicos españoles han renunciado a cuestionar las sugerencias externas como si fueran auspiciadas por un Gobierno exterior, y no por un aliado como se hacía en los viejos tiempos; y a predicar en el desierto y solos. En estos días, ningún Gobierno, ni de dentro ni de fuera, ha elevado el tono de su malestar por las elecciones al Parlamento Europeo, que se celebran hoy. Yo lo que sugiero, entretanto, es mirar para otro sitio.