El tiempo, ese gran escultor

Hace unas semanas murió Mercedes Salisachs, una persona a la que yo admiraba mucho. Líbrenos Dios de la hora de las alabanzas, dice siempre un amigo mío. Ya se sabe, ellas, tan cicateras, llegan, por lo general, cuando uno ya no está para disfrutarlas. Espero, sin embargo, que el tiempo, que pone a cada uno en su sitio, le otorgue pronto lo que se le negó en vida, es decir, reconocer en ella a la gran escritora que siempre fue. Son extraños los prejuicios y los hay de signos muy opuestos. Los más comunes son los que suscita una persona que pertenece a alguna minoría poco valorada o que produce recelo por la razón que sea. El cantante Sammy Davis Junior, por ejemplo, era el perfecto compendio de ellos. Soy pobre, negro y judío reía él. Solo me falta ser gay para el póker de ases . Yo podría haberle dicho que le faltaba también ser mujer, ese sí que habría sido el repóker perfecto.

Ustedes ya me conocen, no soy feminista, o al menos lo que se entiende por tal. No me gusta ir por ahí diciendo que si no he logrado tal o cual cosa en la vida es porque el mundo es machista y está contra mí. Es cierto que aún nos quedan muchas batallas por ganar, pero no me parece operativo ni eficaz echarle la culpa al mundo de lo que a mí me pasa. Prefiero actuar, el victimismo no es mi rollo. Dicho esto, vuelvo ahora a los prejuicios para decir que suelen tenerse contra aquellos que se salen de la norma. Se puede uno salir de ella por defecto, como Sammy Davis, si se reúnen varias circunstancias discriminadas por la sociedad, o se puede salir por exceso si lo que tiene uno es un póker de circunstancias como las que reunía Mercedes. A saber, era inteligente, guapa, rica y, lo que es aún más imperdonable, de derechas. Repasemos estos terribles defectos (teniendo siempre en cuenta que ella había nacido en 1916). Ahora las cosas han cambiado, pero la inteligencia de una mujer, la que se valoraba, al menos, no tenía nada que ver con las inquietudes intelectuales. Si una no quería quedar como una sabionda impotable, lo mejor era ocultar que las tenía. Segundo defecto, ser guapa.

La belleza se considera un plus en la vida, es cierto, pero desde luego no en el mundo intelectual. Contaba Montserrat Roig, otra gran escritora catalana, que un día fue a ver a Josep Pla para pedirle que la orientara en su vocación literaria. El genio de Palafrugell la miró admirativamente de arriba abajo y luego preguntó. ¿Dígame, señorita, para qué quiere ser escritora con esas piernas espléndidas que tiene? . Rica. He aquí otro pecado capital. Para la mayoría de la gente, los ricos no pueden escribir y, si lo hacen, son unos diletantes o unos tontainas aburridos y caprichosos que solo pretenden adornar su vacua vida con laureles que no les corresponden. Ser de clase alta y escritor es una pura contradicción. Si uno aspira a ser escritor, debe inmediatamente desclasarse, como Gil de Biedma, o sumarse, al menos, a la gauche caviar, como Carlos Fuentes. Y aunque hayan existido genios ricos, muy ricos, como Proust, o tremendos esnobs como Truman Capote o Scott Fitzgerald, no hay nada que hacer. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que que un rico entre en el Parnaso. Lo mismo ocurre con ser de derechas.

El talento también tiene muchísimo que ver con la ideología que uno tenga, por lo visto. (Me pregunto qué dirán al respecto los devotos de Céline y de Jünger). De todo este imperdonable póker de ases fue culpable Mercedes Salisachs, y hay que decir que sobrellevó su destino con elegancia y mucha deportividad. Tal vez, se me ocurre, porque sabía que ese gran escultor, el tiempo del que habló Marguerite Yourcenar (otra escritora rica y de clase alta, by the way), es, al final, quien elige qué nombres escribe en mármol y cuáles condena para siempre al polvo del olvido.