Periódicos

El otro día, en un contenedor de escombros que han instalado en mi calle, al pie de un edificio que andan remozando, me encontré entre enseres desvencijados y papelorios amarillecidos con un viejo ejemplar del diario ABC del año 1950, de páginas gangrenadas por la humedad. Lo llevé a casa y, para entretener el insomnio, me puse a leerlo. encabezaba el periódico una tercera de Agustín de Foxá sobre las tiendas de juguetes, fulgurante de metáforas y preñada de emoción elegiaca; pasadas las páginas de ‘actualidad gráfica’, Josefina Carabias escribía sobre los valles de Gredos, acuciados en verano por la sequía, evocando una deliciosa anécdota protagonizada por Unamuno; a continuación, Luis Soler dedicaba una estampa vibrante al idilio pictórico (y carnal) de Goya con la duquesa Cayetana ; y Miguel Pérez Ferrero ofrecía una crónica nostálgica, acariciada por la brisa de Ramón Gómez de la Serna, sobre el cierre del café Pombo; se sucedían a continuación un par de páginas de crítica literaria y, mediado casi el periódico, las noticias de actualidad local, nacional, internacional y deportiva, salpimentadas por una divagación de Luis Calvo y por las crónicas de los corresponsales del periódico Massip desde Nueva York, Cortés Cavanillas desde Roma, etcétera, hasta llegar a las esquelas y los anuncios clasificados. Confesaré que dediqué más tiempo a leer aquel ejemplar vetusto de ABC que a ningún otro periódico del día; y también que su lectura se me antojó infinitamente más amena, instructiva, vigente y actual que la de todos los periódicos que he leído en los últimos años.

¿Qué es lo que un lector se encuentra hoy en muchos periódicos? Pues, por ejemplo, un carretón de artículos de ‘análisis político’ que son auténticas olimpiadas del anacoluto y el lugar común; artículos sin poesía, sin cultura, sin ironía y sin donaire en torno a las últimas declaraciones romas y somníferas de tal o cual politiquillo con mando en plaza; artículos escritos en muchos casos por tertulianeses que, durante el día anterior, han evacuado machaconamente las mismas palabras fiambres en las doscientas o trescientas tertulias por las que han desfilado a matacaballo. ¿De veras la razón de ser de un periódico es repetir (o regurgitar, habría que decir para ser más exactos) esa morralla archisabida, redactada además en un estilo patatero? Y, pasado el chaparrón de prosa tertulianesa, tenemos que bregar con noticias que parecen dictadas desde Génova o Ferraz, según el negociado que las oligarquías partitocráticas hayan asignado al periódico en cuestión; tan escoradas y tendenciosas que el lector, a veces, tiene que suspender su incredulidad, como si estuviese leyendo una novela de vampiros o marcianos, para poder llegar hasta el final. Por supuesto, antes de acabar, el lector también habrá de soportar que los periódicos se rebajen a glosar las mil memeces que son ‘tendencia’ en las redes sociales, en un esfuerzo patético por captar a un público que jamás de los jamases se gastará un duro en un periódico, a la vez que expulsan a quienes añoran un periódico en el que aún se puedan leer noticias que no sean intoxicaciones y artículos que alimenten el espíritu sobre las tiendas de juguetes, los cafés literarios, los amores de Goya o los valles de Gredos.

Cada vez que se quiere justificar que los periódicos se hayan convertido en recipientes de alfalfa tertulianesa, intoxicaciones partidistas y guiños patéticos a la cofradía tuitera, en contraste con lo que fueron en otra época, se suele aducir que antaño no estaba permitido hablar de política y que, inevitablemente, todo periódico anterior a la democracia tenía que cargar las tintas hacia la literatura. Esta excusa siempre me ha resultado grotesca, tan grotesca como aducir que el amor de don Quijote hacia Dulcinea no es carnal porque toda novela anterior al cine porno tenía que cargar las tintas hacia la sublimación de las pasiones. Lo cierto es que antaño se podía hablar de política del mismo modo en que se puede hablar ahora. elogiando a quienes mandaban y execrando a quienes no comulgaban con el mando; la única diferencia es que antes el mando estaba concentrado y hoy se reparte en negociados. La verdadera diferencia entre los periódicos de antaño y los de ahora es que los de antaño tenían consideración hacia el lector y entendían que debían brindarle lecturas jugosas llenas de poesía, cultura, ironía y donaire que alimentasen su espíritu; mientras que los de hogaño se conforman con arrojar al comedero un pienso reciclado para consumo de la ‘ciudadanía’, que es el nombre moderno y respetable con que nos referimos a los zombis gregarios. Pero los zombis, puestos a deglutir pienso, siempre preferirán una pantallita.