Un semental alienígena

En el coqueto pueblo cantábrico donde mi familia acostumbra a veranear desde los tiempos alfonsinos de los baños de ola, un primo mío a punto estuvo una vez de provocar una alarma por invasión alienígena. Pongamos en contexto a mi primo. Un ser vital, aullador, fuerte, en contacto con la naturaleza aunque la naturaleza probablemente preferiría restringir el contacto, por quien apostaría siempre como superviviente si fuera abandonado en la jungla de Lost con apenas una navajita suiza para auxiliarse. Toda la vida lleva mi primo entrenándose para prevalecer en una era pospapel higiénico. Lo he visto desraizar árboles con solo abrazarlos, caminar por el monte con víboras enroscadas en la caña de las botas katiuskas y tirar con arco en bosques en los que los pájaros guardaban silencio al apercibirse de su llegada. Una vez lo llevé al boxeo y causó el K. O. de un púgil por gritarle instrucciones disparatadas imitando la voz de su entrenador igual que imitaba la de las grullas.

Desde que éramos pequeños y nos encontrábamos en los veranos de la Montaña, a mi primo siempre lo irritaron mucho mis flojedades de urbanita. ¿A quién no lo ha regañado un primo por no saber encender una hoguera frotando piedras? Me perdía el respeto cuando fracasaba en pruebas de iniciación cavernícola a las que nos sometía de críos su padre, tales como comer vivos unos cangrejitos que capturábamos en las rocas y que echaban pompas y braceaban algo disgustados cuando te los llevabas a la boca. A mí me gustaba ser urbanita, no necesitaba establecer una conexión entre el filete que me llegaba al plato y la vaca de donde salía. Tenía planes de futuro para cuya realización no necesitaría forzosamente aprender a tender trampas a los zorros, salvo que algún desengaño amoroso me obligara a buscar la soledad viviendo como Jeremiah Johnson, cosa improbable, porque al mundo de Jeremiah Johnson rara vez llega noticia de los resultados del Real Madrid, por no hablar de lo difícil que es encontrar un buen capuchino.

A los veintitantos, mi primo y yo continuábamos encontrándonos los veranos en su hábitat edénico, y a él seguía decepcionándolo mi escasa capacidad de adaptación al medio en cuanto me alejaba doscientos metros de un barman. Un verano de aquellos, él quiso reanudar mi iniciación a la vida darwinista con algunas lecciones submarinas. Delante de la playa, atestada en agosto, había un roquedal en el que abundaban los pulpos. Mi primo los capturaba sumergiéndose a pulmón, como un buscador de perlas. Yo no lograba acompañarlo al fondo, porque resulté estar provisto de una flotabilidad extraordinaria con la que no podía ni la plomada de un buzo. Pero desde la superficie lo veía librar sus batallas con los pulpos, que adherían sus ventosas a las rocas para resistirse a la captura, se mimetizaban y fajaban en vano, y a los que mi primo ultimaba a veces a mordiscos por tener las manos ocupadas con los tentáculos. Era espectacular. Un romano del anfiteatro Flavio habría pagado unos cuantos sestercios por verlo.

El inconveniente era que la extracción de pulpos estaba prohibida, por lo menos en aquella estación, y, asomado a la playa repleta de bañistas, había un cuartelillo de la Guardia Civil. Para evitar el reproche policial, mi primo se introducía los pulpos muertos en la parte delantera del traje de baño marca Speedo y así, sin levantar otra sospecha que la de estar extraordinariamente dotado, caminaba hacia el parking silbando. Pero una mañana, mientras lo seguía algo rezagado, observé que los bañistas que se cruzaban con mi primo ponían una expresión de horror y sucumbían al instinto de poner a salvo a los niños. El pulpo de ese día, que solo agonizaba, había sacado los tentáculos del bañador y los estaba deslizando por los muslos de mi primo, sin que este se diera cuenta. El efecto era como cuando los lagartos de V se quitaban la máscara humana. Un semental alienígena había llegado a la Tierra para inseminar hembras humanas con su aparato reproductor espantoso.